14 de agosto de 2024, Trinidad, Paraguay

Escribo sentado en una cama, por la ventana se filtra las primeras luces del día, afuera el pueblo se despierta con sus motos y sus gallos y sus desmalezadoras.

Hace diez días, el 4 de agosto, salimos de Eldorado con rumbo sur. Habíamos pasado un mes en esa ciudad reencontrándonos con las chicas. Siempre es una alegría honda volver a verlas y siempre es difícil partir. Es Domingo, llueve y nos demoramos en los rituales de la despedida. Al mediodía la lluvia amaina y salimos a la ruta. Tomamos la ruta 12 hacia el lado de Posadas. Al rato la lluvia comienza otra vez y nos empapamos. El tránsito está bastante tranquilo, pedaleamos por la banquina, vamos sin apuro reencontrándonos con el peso de las bicicletas cargadas. La memoria del cuerpo. Salimos cargados de comida: frutas, pancitos de masa madre, porotos negros hervidos y mandioca cocinada. Al atardecer armamos la carpa bajo un techito de chapa en el polideportivo de Caraguatay. Cenamos algo, ponemos nuestras cosas a secar y nos metemos en la carpa.

 

Por la noche llueve bastante. Amanece y sigue lloviendo, así que demoramos la partida prolongando los mates hasta que afloja un poco y amenaza asomar el sol. En la ruta junto con el sol de a ratos, se levanta la humedad. De a ratos caen chaparrones, todo está mojado pero hace calor. Seguimos pedaleando por la banquina, las subidas son muy exigentes y las bajadas son tan abruptas que tenemos que ir frenando. Nos cuesta que el cuerpo entre en calor con cierta armonía: en las subidas el esfuerzo es demasiado abrupto, en las bajadas nos enfriamos y vamos un poco tensos. Al rato una pinchadura y un aguacero coinciden, así que nos empapamos mientas caminamos con las bicis buscando un techo. Llueve con ganas por un rato largo. Esperamos que escampe conversando con unos paisanos que esperan el colectivo. Cuando afloja retomamos. Caen aguaceros de a ratos, vamos buscando refugios en techos cuando recrudece la lluvia. Nueva pinchadura, cae el sol mientras reparamos. Acampamos en una vereda parquizada por un vecino que tiene un taller mecánico. Ponemos la carpa escondida de la ruta entre plantas tropicales con flores exuberantes. Es increíble la belleza lujuriosa que hay en cualquier cantero de estas tierras. Al rato se acerca el hombre del taller mecánico y las plantas lujuriosas con unas galletas caseras, unas frutas y un cartón de leche: si no se ofenden, les quería dejar esto, nos ofrece  el buenhombre con cara de colono alemán. Agradecemos y cenamos las galletas. Su gesto nos ilumina un día bastante duro. La rueda que nos viene dando problemas sigue en llanta, debe haber algún problema con la cámara. Pero ése será un problema para el día de mañana.

 

Por la noche no llueve pero la humedad es altísima. Está todo, incluída nuestra ropa, incluído nosotros, bastante húmedo. El jardín tropical en el que estamos acampando se luce con el vapor que se levanta con los primeros rayos del sol. Desayunamos y parchamos la rueda de la bicicleta de Car que viene dando problemas. Tiene unas pinchaduras raras, tenemos la hipótesis de que las cintas antipinchazos que compramos e instalamos en Eldorado están generando algún problema. Al rato de pedalear se nos acaba la banquina y la ruta se pone áspera, hay bastante tránsito en una ruta en mal estado con subidas, bajadas y curvas que dificultan la visibilidad y anticipación. A cada rato bajamos de la ruta para dejar pasar filas de camiones y autos. La pedaleada es difícil y entrecortada. Miramos un mapa y decidimos cruzar el Paraná para pedalear hacia el sur por el lado paraguayo. Entramos en la ciudad de Puerto Rico para preguntar si hay cruce en balsa. Frenamos en una casa de repuestos y compramos una cubierta y una cámara nueva para la rueda que no deja de darnos problemas. La cubierta tiene más de seis mil kilómetros y ya está para el recambio. La cámara tiene como unos diez parches y algunas mordeduras de cámara. La vendedora es súper amable, nos hace precio y nos regala parches y solución. Nos vamos a la costanera para tomar la lancha hacia Paraguay. Hay algún problema con las lanchas, así que los cruces se van a retomar por la tarde. No nos hacemos problema porque hay sol y un lindo lugar junto al río. Desplegamos las cosas al sol para que se sequen, cambiamos cubierta y cámara, nos amigamos con los y las paisanas que hacen tiempo esperando la balsa y se nos pasa la mañana. Hacemos migraciones, subimos a la balsa y al ratito estamos estrenando nuevo país en nuestro viaje. Del lado paraguayo las rutas son mucho más tranquilas, las cuestas son más suaves, las ruedas tienden a permanecer infladas y hay sol: hicimos negocio con el cruce.

Mientras cruzamos campos y chacras la gente nos saluda al pasar. Muchas sonrisas y deseos de buen viaje, buenos augurios para las rutas guaraníes. Pedaleamos unos treinta kilómetros y cuando baja el sol pedimos permiso para acampar en una cancha de fútbol cercada que vemos a un costado de la ruta. Las dueñas son unas hermanas alemanas que, venciendo la primera reticencia, resultan súper amables. La cancha tiene agua, baños y leña para el fuego. Nos damos unos baños de botella (desarrollamos un método de baño con dos botellas de agua), cenamos unos tallarines y nos metemos en la carpa con toda la ropa y el equipo secos. Hoy fue un buen día.

Salimos con un día bastante nublado. Pedaleamos en dirección sur por una ruta que va paralela al Río Paraná. El cielo se va cubriendo cada vez más y llovizna de a ratos. Cuando llueve un poco más fuerte empezamos a buscar refugios, aprovechando para tomar unos mates y comer algo. Pedaleamos algunos kilómetros más y, un poco mojados, nos refugiamos de un aguacero bajo el alero de una ferretería. Es el mediodía y la ferretería va a cerrar. Una señora, madre del dueño, nos invita a pasar a un galpón que tiene al costado. Hace frío y llueve con ganas así que aceptamos gustosos. Se nos va la tarde tomando mate y conversando mientras tormenta no afloja. Se va haciendo de noche, así que le pedimos permiso a los dueños para armar la carpa y pasar la noche. No tienen problema y nos salvan de empaparnos para llegar al pueblo de Capitán Meza que está a pocos kilómetros.

 

Pasamos una muy buena noche y salimos a la ruta temprano, en una mañana fresca y nublada con un viento sur moderado. La ruta es amable, con una buena banquina, cuestas no demasiado pronunciadas y lindos paisajes. Los campos sembrados se alternan con las chacras y los relictos de monte nativo. Al rato frenamos a reparar una pinchadura y confirmamos nuestras sospechas: las cintas antipinchazos están mordiendo las cámaras y las pinchan. Nos fastidiamos un poco con la paradoja de una cinta anti pinchaduras que produce pinchazos. En un viaje anterior usé por unos doce mil kilómetros unas cintas de kevlar que me dieron muy buenos resultados. Pero estas cintas no parecen funcionar así que, a medida que van pinchando las cámaras, las sacamos para no volver a instalarlas. Además estamos en momento de renovar cámaras y cubiertas. Vamos a aprovechar para hacerlo acá en Paraguay, que están más baratas. En una parada conversamos con los dueños de un comedor sobre sus vidas de trabajadores migrantes. Muchas de las personas que nos cruzamos estuvieron algún tiempo trabajando en Argentina. Además cruzan regularmente por temas de salud o de educación. En Paraguay vemos una sociedad próspera en algunos aspectos (acceso a cierto consumo de bienes importados), con bastante desigualdad social, poca protección al trabajador y muchas deficiencias en salud y educación. Parece haber un patrón similar al sur de Chile, donde también muchos habitantes cruzaban a Argentina por cuestiones de salud y educación. Nos dicen que, a pesar de que la economía es más estable acá, es difícil para el trabajador mejorar su posición. Por eso emigran a Argentina, Europa o Estados Unidos. Paraguay, como Uruguay, es un exportador de trabajadores.

Después de pedalear unos kilómetros más, llegamos al lugar de trabajo de Benjamín, un amigo de hace muchos años que vive en Trinidad, un pueblo que está a pocos kilómetros. Después de unos abrazos y unas puestas al día (nos sorprendemos al darnos cuenta que no nos vemos como hace veinte años), nos indica cómo llegar a su casa. Hacemos unos pocos kilómetros y conocemos a Maribel, la mujer de Benjamín, que nos recibe muy amablemente con un mate y comida riquísima. Benjamin y Maribel viven en Trinidad, un pueblo que crece en torno a las ruinas de La Santísima Trinidad, una de las misiones Jesuíticas. El pueblo es tranquilo, con mucho verde, un ritmo amable, calles anchas y despejadas. Benjamín y Maribel nos prestan la casa de la mamá de Maribel que está de viaje por Argentina. Así es que, esta mañana fresca de agosto, me encuentra escribiendo esta crónica desde la cama en tierras paraguayas.

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