Diario de mitad de viaje, 2 de junio, Bella
Vista
Escribo sentado en la cama un domingo bien
temprano por la mañana. Escribo porque busco contarme a mí mismo una historia
que haga sentido. Que hile algunos acontecimientos del día, algunas imágenes y
sobre todo, el modo en que vivencio todas esas cosas que quedan reverberando en
mi cabeza y en mi corazón. Escribo por necesidad. No por gusto, no por deseo.
Escribo hoy para crear un aire en que respirar. Escribo porque si no me ahogo.
Hace unos días que estamos por la zona del
Gran Buenos Aires. Llegamos pedaleando a Mercedes por caminos rurales
salpicados de pueblitos y parajes que crecieron en otro tiempo junto a las
estaciones de tren. Hoy que el tren no pasa, o casi no pasa, esos pueblos,
parajes, familias, personas, flotan en el aire, resistiendo a un viento
implacable que se lleva todo hacia el desierto de las grandes ciudades.
En Mercedes conseguimos lugar para dormir
en una especie de recreo municipal muy grande, arbolado, junto al río Luján. A
pesar de que era viernes por la noche el lugar estaba desierto. Buscamos un
lugar tranquilo, alejado de las luces blancas que iluminaban las calles
internas del predio, armamos la carpa y nos fuimos a dormir temprano. Pasamos
una buena noche. Amanecimos aún de noche para salir, con las luces prendidas,
hacia la estación de tren, a esperar el tren de las siete y media de la mañana.
Durante la espera en la estación, fue llegando gente, que viajaba hacia la
ciudad. Mercedes conserva algo de pueblo en esta imagen de las personas que van
llegando a la estación para tomar el tren hacia Moreno, un tren un poco urbano
pero con mucho de rural aún. Compartimos el furgón del tren con una pareja
grande de ciclistas que van a dar una vuelta por el día. Después empiezan a
subir laburantes con sus bicis que se van a buscar el mango para el lado de la
gran ciudad. Ayudamos a subir y bajar las bicicletas, los carros, a un hombre
en silla de ruedas. El furgón va haciendo otros viajes también: del paisaje
humano rural vamos pasando a uno más conurbánico. Un par de pibes arman un
porro y se lo fuman con la puerta abierta que intentábamos mantener cerrada por
el frío. Hablan del laburo, de juntar el mango, de parar la olla. Las mismas
conversaciones, con otro lenguaje, que venimos escuchando a lo largo y lo ancho
de esta querida tierra que llamamos patria. Al rato vienen los guardas, guarda
que viene la gorra dice uno mientras el otro apaga el porro. Amonestación de
los guardas, que acá no se puede fumar y esas cosas. Se van los guardas y los
pibes se ríen y lo verduguean.
Llegamos a Moreno, es de día y la ciudad va
amaneciendo. Empezamos a pedalear por calles con mucho tránsito, con el ritmo
de un sábado que va despertando, con construcciones a medio hacer o a medio
deshacer, con gente alegre y muchas vidas rotas. Si hay algo que no
extrañábamos de esta tierra son los despojos del capitalismo. A esta tierra la
salva toda la alegría con que su pueblo tira para adelante. No el hecho de
tirar para adelante, no el emprendurismo y toda esa gilada de autosuperación en
función de la máquina de crear desiertos, sino la alegría con que arrancan el
día. La alegría y el compañerismo, la solidaridad. El conurbano es una tierra
en la que aún se reconoce a otro, en que el otro aún existe.
Hicimos rápido los casi veinte kilómetros
que nos separaban de Bella Vista. Ahí empezó el ritual de los abrazos y los
reencuentros con nuestras familias y amigos. Después de un abrazo y una mirada
constatamos que todo está acá, más o menos igual. El tiempo es relativo, sobre
todo si se establecen comparaciones entre vidas nómades y vidas sedentarias. En
la bici nos vamos apropiando de un tiempo en el que cada día es único, donde el
día está colmado de acontecimientos. En la cotidianeidad de una casa conocida y
un ritmo circular, el tiempo es más fluido y parece tener menos consistencia.
Siento que el tiempo transcurre más rápidamente y no deja mucha huella. O
quizás a mí me cuesta hacer huella en este tiempo, hacer pie, armar mundo.
Después de unos días en la ciudad de
reencuentros y abrazos nos vamos a nuestra casita, en las islas del Delta del
Paraná. Es hermoso volver a estas aguas, a estas tierras de sauces, frutales y
salamandras que iluminan el invierno. Vamos reencontrándonos con nuestra casita
que se la habíamos dejado a amigos que la habitan mientras no estamos. Nos
reencontramos con nuestro gato, nuestras plantas, los árboles frutales, las
colmenas. En la isla hay otro tiempo que en la ciudad. Y otro tiempo que en la
bicicleta. Me cuesta acomodarme a estos tiempos distintos. No soy muy consciente
al principio porque me pongo a hacer cosas, a ordenar la casa, a pintar, a
hacer pequeños arreglos y modificaciones, a cortar el pasto y cortar leña, a
desarmar y armar carburadores. Pero no escapo a este desacomodamiento interno
que no deja de aumentar. En algún momento freno y me doy cuenta: estoy perdido
en una confluencia de mundos distintos, con ríos de tiempo diversos. Alguna vez
leí en algún texto de divulgación científica que la imagen del tiempo de la
teoría de la relatividad es algo así como ver un arroyo desde arriba, con
pequeños islotes y piedras que afloran y curvas y troncos que sobresalen de la
costa. Cada uno de esos objetos curva el agua, o la detiene formando otro ritmo
de fluidez a su entorno, o forma remansos y contracorrientes. El espacio
curvando el tiempo. Esa imagen, en clave poética, no matemática, me sobrevuela
el corazón mientas pienso y escribo estos días. Estos días de encuentros
hermosísimos, de asados, de conversaciones, de celebraciones, como el día del
cumpleaños de Haroldo en el río. Y también los días de soledad y silencio en
las islas. El encuentro con los rituales del machete y la canoa. Todo este
tiempo en el medio de un otoño invernal, con poco sol y bastante frío. Y en
medio de un invierno social y político, en el que el panorama es un desierto de
estupidez, deshumanización e individualismo.
En unos días retomamos la ruta. Sé que es
lo tenemos que hacer. Y sin embargo estoy bastante perdido, desorientado en
esta confluencia de ríos. Hoy, domingo por la mañana, llueve. Yo escribo, para
engarzar estos tiempos en un hilo de sentido.
Comentarios
Publicar un comentario