5 de mayo de 2024, cercanías de Chacabuco
Escribo sentado en una mesa, mirando por la
ventana un campo sembrado de maíz, una hilera de pinos que bordean el camino de
entrada al casco de la estancia, algunos plátanos, unos ligustros cargados de semillas.
Se escuchan cotorras, balidos de vacas y alguna máquina que debe andar en la
cosecha gruesa. Es un domingo nublado y neblinoso, emisario de los primeros fríos en la pampa bonaerense.
Pedalear la provincia de Buenos Aires,
nuestra provincia, está resultando un disfrute inesperado. Después de haber
pedaleado la Tierra del Fuego, la Patagonia entera y teniendo como horizonte de
viaje el Litoral primero y el Noroeste y la zona cuyana después, habíamos
supuesto estas pampas bonaerenses como un lugar de paso. Veníamos haciendo
cálculos para llegar a visitar a los seres queridos que viven en el Conurbano bonaerense,
en el Delta del Paraná. De pronto, mientras vamos pedaleando con esas proyectos
en la cabeza nos encontramos que el camino nos lleva por sierras y lagunas, por
caminos rurales con pueblos detenidos en el tiempo, por historias de malones y
de fortines, por pueblos en los que no dejamos de decirnos “me gustaría vivir
acá”. Una vez más, el camino nos abre nuevos horizontes y descubrimos lo más
cercano, lo más cotidiano, con una mirada nueva. Pedaleando caminos de tierra
que atraviesan campos y viejas estaciones de tren, vengo pensando en la idea
del volver al pago, en la imposibilidad del regreso. Ya está escrito en la
Odisea, el gran libro del regreso: no se vuelve a ninguna parte. Al revisitar
un sitio somos otros nosotros, es otro el tiempo, es otro el lugar. Y sin
embargo algo se queda. Escuchando milongas, leyendo las descripciones de indios
y gauchos hechas por Mansilla en la excursión a los indios ranqueles, el “Sur”
de Borges, su cuento “El cautivo” y las historias de colonos, indios y gauchos
que se leen en cada pueblo, Haroldo Conti y sus historias de Chacabuco que son
las historias de cualquier pueblo de Buenos Aires, los pájaros y algunas
plantas y el paisaje de juncos y agua de algunas lagunas que nos remontan a los
Bajos del Temor y nuestra patria chica de camalotes, agua y verde. Todo eso va
configurando un eco, un llamado, que algunos llaman identidad. ¿Qué es
regresar? ¿Es posible el regreso? ¿Para qué viajamos? ¿En qué ganó Ulises con
el canto de las sirenas? Esas ideas dan vueltas con las ruedas de nuestras
bicicletas mientras desfilan pajonales, campos de soja y maíz, vías de tren
abandonadas en los años ´90 o que están muriendo ahora, veinte años después.
En Colonia San Martín amanecimos con un día
limpio de cielo azul profundo, un sol radiante y un aire nuevo y renovado.
Nuestra ropa y equipos se habían secado bajo el techo del club del pueblo que
nos habían prestado para pasar la noche. En la ruta hay mucho movimiento de
camiones que andan trasladando la cosecha de soja y maíz. En los campos están
las cosechadoras en plena tarea. Aunque está un poco cargada vamos bien,
pedaleamos por la banquina atentos al tráfico y disfrutando el horizonte
abierto y el sol franco. Después de unos 80 kilómetros, paramos en una estación
de servicio, almorzamos una comida que traíamos lista, nos pegamos una ducha y
encaramos el par de kilómetros asfaltados que nos entran en el pueblo de
Espartillar. Nos gusta mucho el pueblo: las casas bajas, las calles anchas y
arboladas, una plaza cuidada y amplia, un ritmo descansado, un horizonte
abierto. Podríamos vivir acá nos decimos mientras pedaleamos a acampar al
camping municipal que tiene pileta, fogones, baños y es gratis. En estos
pueblos hay una memoria de lo público y comunitario que en la ciudad nos
resulta más difícil de encontrar.
A media mañana, después de unos mates al
sol, arrancamos a pedalear por una ruta secundaria, ya casi sin tránsito, que
nos lleva para el oeste, hacia la laguna de Epecuén. El aire sigue muy limpio,
la presión alta, el cielo azul y el sol radiante. Nos vamos acercando a Carhué
gozando el camino. Carhué es más grande que Espartillar pero sus dimensiones y
su ritmo nos resultan muy amables también. Nos instalamos en el “Complejo
termal Levalle”, un camping con termas y cabañas donde todo el mundo es muy amable.
Nos pasamos unos días de mucho disfrute ahí: hay una pileta termal con agua
caliente que traen de la laguna. El agua es muy salada. Nos impresiona cómo
flotamos. Dicen que estas aguas son medicinales. Son las mismas aguas que en
1985 sepultaron al pueblo de Epecuén. En el camping se arma una comunidad de
viejitos y viejitas viajeros. En general se mueven en casas rodantes. Se
instalan todos los días en la pileta, alternando entre las inmersiones, la
conversa y los mates en las mesas de plástico. Llevan en sus gestos toda una
filosofía de la vejez, de quien se da cuenta que este sol, este mate, esta
conversación no son eternos. De que los años que quedan quizás se cuente con
los dedos de la mano. Que no hay tantos lugares a los que llegar. Lo dicen con
sus movimientos, con su disposición al disfrute sencillo, a los encuentros
amables. Nietzsche invita a hacer el siguiente ejercicio: ¿qué harías si esta
vida que estás viviendo, este momento, fuera lo único que hay? ¿qué harías si
supieras que esto que estás viviendo se fuera a repetir siempre, en un eterno
retorno de lo mismo? Otro ejercicio similar, clásico en la filosofía: ¿qué
harías si supieras que te vas a morir? ¿con qué actitud encararías este día? Amor fati, propone Nietzsche, el amor
por lo que hay en tu vida, la aceptación plena, la afirmación de este momento.
La perspectiva de la finitud, de la muerte, nos lleva a celebrar la vida. Todo
eso está presente en el encuentro con los compañeros viajeros de la tercera
edad en las termas de Carhué.
Salimos de Carhué con un pamperito que nos
empuja. En una encrucijada de caminos tenemos que decidir si agarrar hacia el
Oeste, para el lado de la provincia de la Pampa o seguir hacia el norte, por
Buenos Aires. Dejamos que el viento decida: el sudoeste nos empuja por un
camino de tierra hacia la laguna de Alsina. Al atardecer llegamos a un
balneario sobre la laguna: es un lugar muy cuidado, con algunos fogones y
baños. Hay algunas personas pasando el día pescando pejerreyes, mateando y terminando
algún asado. Armamos la carpa bajo un monte de eucaliptus mientras el sol se
pone en el horizonte.
Al día siguiente encaramos hacia el lado de
Daireaux. Como la ruta principal está muy cargada de camiones y no tiene
banquina, vamos improvisando un camino por calles de tierra. Vamos bordeando
unas vías y cada diez o quince quilómetros cruzamos algún paraje que nació en
torno a una estación de tren. El camino es arenoso. Por momentos la arena está
muy suelta y nos cuesta a pedalear. Por algunos tramos caminamos porque se nos
hace imposible pedalear. Ahí la cosa ya no nos resulta tan divertida. Así que volvemos
a la ruta asfaltada, atentos a los camiones, subiendo y bajando del asfalto
según el tráfico. En Daireaux acampamos en una estación de servicio que, además
de duchas, tiene una zona de pasto bajo unos sauces. Pasamos una noche muy
tranquila, pedalear varias decenas de kilómetros en unas bicicletas cargadas
parece una receta bastante eficiente para dormir bien por la noche.
Salimos de Daireaux con un lindo viento de
frente. En las pampas el dios no es tan inclemente como en la Patagonia, pero
sigue siendo señor de estas tierras. La ruta va cruzando unos humedales, con
espejos de agua, islotes de juncos, varias aves que están por nuestas tierras:
chajáes, cisnes de cuello negro, cigüeñas americanas, federales. En la ruta hay
carteles que indican que hay carpinchos sueltos. Nos vamos sintiendo en
territorio conocido. La ruta es un camino secndario asfaltado. A pesar de la cosecha
el tránsito es tranquilo. Pedaleamos unos kilómetros con unos ciclistas de ruta
que van en pelotón. Vamos conversando con Sebastián, que tiene el sueño de
salir de viaje. Nos pregunta algunas cosas prácticas sobre el vivir algunos
meses en bici. Al atardecer llegamos a un pueblo llamado Nueva Plata. Hay unos
carteles que anuncian que se trata de un pueblo hernandino. Resulta que es un
pueblo fundado por Rafael Hernández, hermano del autor del Martín Fierro, con
alguna traza urbana que emula la ciudad de La Plata, de ahí el nombre. Parece
que va a llover por la noche, así que preguntamos un poco para poner la carpa
bajo techo. Nos invitan a quedarnos en un templo evangelista, que tiene una
habitación, cocina y baño. Al rato ya somos famosos en el pueblo. Una mujer con
la que habíamos conversado nos hace llegar unas bolsas con víveres para el
camino de regalo. La gente que conocemos por aquí es muy hospitalaria.
Confirmamos una vez más que los pueblos, para los viajeros, son mucho más
amables que las ciudades.
Seguimos viaje hacia el norte por caminos
rurales de tierra. Hacemos bastante ágilmente unos sesenta kilómetros por
tierra. Los caminos no figuran con mucha claridad en los mapas del teléfono.
Nos obliga a ir parando en los caseríos y ranchos que encontramos para
preguntar por el estado de los caminos y las mejores opciones de rutas.
Recuerdo cuando vaiajaba en bicicleta sin teléfonos inteligentes, con mapas en
papel, preguntando a los paisanos por las rutas. Lo que ganamos en eficiencia
con los celulares lo perdemos en contacto humano, en conversaciones
interesantes. Paramos en un pequeño pueblo a hacer un descanso y conocemos a
Beto, un hombre grande que vende choripanes frente a una parada de camioneros.
Beto nos cuenta su historia de vida, cómo tuvo catorce hijos con su compañera,
su camino desde su Entre Ríos de la niñez hacia el Conurbano bonaerense y luego
hasta aquí, buscando tranquilidad. Dice que, en un par de años, en el
aniversario número cincuenta con su señora, le iba a proponer casamiento a su mujer.
Pedaleamos unos kilómetros más por tierra y, con la última luz del sol, hacemos
unos kilómetros con viento a favor hasta un pueblo llamado Hirsch. Nos
presentamos en el pueblo y pedimos permiso para armar la carpa.
Al día siguiente un viento sur fresco nos
empuja hasta Bayauca, que quiere decir yegua baya, una tierra donde circulan
historias de ranqueles y malones y cautivos. Por aquí está la estancia Santa
Brígida, de donde un malón se llevó para Tierra Adentro a un pibito francés.
Parece que el cuento de Borges el cautivo
se inspira en este hecho. Todo esto nos lo cuentan en el bar de “el pitiso”. El
pitiso es un hombre de una edad inmemorial, con una barba larga y un gorro de
béisbol que recibe las apuestas de los paisanos que, pantalla con carreras de
caballos mediante, le van cantando las apuestas. El bar ya pasa los cien años,
el pitiso sólo está detrás del mostrador desde 1985. Los paisanos son amigos,
comparten ese modo del cariño que son las bromas entre hombres. Sospechamos que
la escena de la que participamos esta noche se repite hace años.
Al día siguiente, con un viento sur que nos
empuja y una nube de mosquitos que nos persigue, pedaleamos algunas horas por
caminos rurales hasta el campo en el que está Guido y en el que nos vamos a
quedar unos días. Cierra esta crónica
Borges, con su versión del cautivo.
“En Junín o en Tapalqué refieren la historia. Un chico desapareció
después de un malón; se dijo que lo habían robado los indios. Sus padres lo
buscaron inútilmente; al cabo de los años, un soldado que venía de tierra
adentro les habló de un indio de ojos celestes que bien podía ser su hijo.
Dieron al fin con él (la crónica ha perdido las circunstancias y no quiero
inventar lo que no sé) y creyeron reconocerlo. El hombre, trabajado por el
desierto y por la vida bárbara, ya no sabía oír las palabras de la lengua
natal, pero se dejó conducir, indiferente y dócil, hasta la casa. Ahí se
detuvo, tal vez porque los otros se detuvieron. Miró la puerta, como sin
entenderla. De pronto bajó la cabeza, gritó, atravesó corriendo el zaguán y los
dos largos patios y se metió en la cocina. Sin vacilar, hundió el brazo en la
ennegrecida campana y sacó el cuchillito de mango de asta que había escondido
ahí, cuando chico. Los ojos le brillaron de alegría y los padres lloraron
porque habían encontrado al hijo.
Acaso a este recuerdo siguieron otros, pero el indio no podía vivir entre
paredes y un día fue a buscar su desierto. Yo querría saber qué sintió en aquel
instante de vértigo en que el pasado y el presente se confundieron; yo querría
saber si el hijo perdido renació y murió en aquel éxtasis o si alcanzó a
reconocer, siquiera como una criatura o un perro, los padres y la casa.”
Jorge Luis Borges, El cautivo.
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