30 de junio de 2024, Yerbas del Paraíso, El
Soberbio, Misiones
Escribo sentado junto a una salamandra,
alimentándola y cuidando la olla en la que estamos cocinando la cena. Es la
hora de la última luz del día. Hace frío, como no creíamos que hacía por estos
lados. Hoy fue un día de gorro de lana y salamandra prendida. Estamos en una
casa de madera, una maloca anuncia un cartel, dentro de la Reserva de Biósfera
Yabotí, en un emprendimiento de ecoturismo, reserva y educación ambiental en el
que nos dieron hospeda por un par de días. La cabaña o maloca en la que estamos,
maloca es como llamaban los guaraníes a sus casas comunales, está en el medio
de la selva. Estamos aislados, como en casa, y de vez en cuando se escucha una
voz humana o un motor, lejos lejos. Nos pasamos el día cocinando, buscando
leña, lavando ropa, conversando. Nos pasamos el día en las cosas importantes.
En la última crónica escribía desde Garaví,
al norte de Corrientes, aunque el paisaje era más bien misionero. Al salir del
pueblo fuimos iniciando nuestro recorrido por la ruta 2, una ruta que costea el
Rio Uruguay. Teníamos altas expectativas para con este camino. Y las
expectativas están siendo superadas: Paisajes hermosísimos, de cerros cubiertos
de vegetación exuberante, balcones naturales sobre el Río Uruguay, arroyos,
chacas y colonias con paisanos muy amables, una ruta asfaltada y con poco
tránsito. El camino va subiendo y bajando cerros, a veces bastante empinados, y
pedalear es disfrutar. Tenemos un viento de norte, de proa, bastante
consistente, pero no es muy grave la cosa. El ecosistema cambió, ya no hay
tantas espinas como en Corrientes, en el ambiente de espinal, así que desde
hace un par de días no pinchamos. Veníamos pensando que ya era hora de cambiar
las cubiertas, que tienen unos seis mil kilómetros y pico, pero ahora pensamos
que pueden tirar algunos caminos más. Paramos a almorzar en Azara, un pueblo
que nos gusta mucho. Mientras comemos algo en los bancos de la plaza se acerca
María José, una docente recientemente jubilada, que nos cuenta su historia y la
historia de la colonia, de su padre, de los secaderos de yerba mate y de los
primeros colonos. Nos llama la atención la historia de una piedra emplazada en
la intersección de las dos calles principales, que contiene mensajes para la
posteridad. Son una serie de urnas con fechas. La idea es que cada veinticinco
años el pueblo se reúna y abra la urna correspondiente. La última fecha
corresponde al 2101. ¿Qué será de nosotros, este grupo humano que nos llamamos
argentinos para esa época? ¿Qué será de nosotros, esta especie animal que nos
llamamos humanos? ¿Qué será de estas selvas y estos ríos y estas historias?
Seguimos pedaleando y nos desviamos de la
ruta principal para entrar a un pueblito que en el mapa figura mínimo: Colonia
Santa María. Es un pueblito emplazado en un cerro, en un claro del monte. En
algunos sitios se extiende un horizonte de monte y claros con plantaciones de
yerba mate. En el pueblo son muy amables, enseguida conseguimos que nos presten
el alero de la capilla para poner la carpa bajo techo porque amenazan algunas
lluvias. Cenamos algo temprano y nos acostamos en la carpa con la sensación de
que estamos en el lugar preciso y en el tiempo oportuno.
Pasamos una muy buena noche y, después de
unos mates, encaramos una ruta de tierra colorada para volver a la ruta 2.
Disfrutamos mucho el pedaleo hasta las ruinas jesuíticas de Santa María la
Mayor. Hacemos un recorrido con una guía excelente, con la que vamos
conversando sobre la historia de los guaraníes y los jesuitas, la organización
política y económicamente soberana, la organización para defenderse de los
bandeirantes y los portugueses en general. Nos rondan imaginarios de indios
organizados, de tierras comunales y de dignidad. Luchas de resistencia y
búsqueda de autonomía. Los jesuitas, Artigas, el Cacique Andresito, los
guaraníes. Sus fantasmas y sus historias andan por estos caminos, abriendo el
horizonte de la imaginación política, en tiempos de tanta angostura de ideas.
Entre las ruinas el monte es exuberante aunque
tiene solo unos cien años. Nos perdemos por senderos de un verde lujurioso y
fértil. Retomamos la ruta y pedaleamos hasta un balneario municipal, a la
orilla de un río, en el que nos damos un chapuzón y almorzamos. Por la tarde
hacemos unos kilómetros más hasta la ciudad de San Javier. Pasamos la noche en
una estación de servicio desierta, en la que nos prestan un techito y dormimos
sin carpa. Por la noche llueve bastante, el viento cambia al sur y refresca.
Nos pasamos la mañana en la bicicletería de
Esteban, que nos acomoda un poco las bicicletas. Después de un almuerzo junto
al río, encaramos un camino con escenas de cebúes, chacras pequeñas, niños
gringuitos descendientes de colonos o morochos, con pinta de criollos y
guaraníes, sembrados de yerba mate, mandioca, caña de azúcar, árboles frutales,
monte y vistas sobre el Uruguay y la costa de Brasil.
Cuando cae el sol armamos la carpa en un
mirador, al costado de la ruta, un poco escondidos por una pared baja de
piedra. Una placa recuerda la batalla de Mbororé, ocurrida el 6 de marzo de
1641 en la que los guaraníes se enfrentaron a los portugueses en la que parece
haber sido la primera batalla fluvial por estas tierras sudamericanas.
Al anochecer algunas canoas a motor navegan
el río, unos muchachos que bajan de una moto otean la orilla, parecen esperar a
alguien, hacen señas con una linterna, conversan entre ellos en voz baja y se
van. Me quedo con la sensación de haber interrumpido algún desembarco e imagino
historias de contrabando mientras nos metemos en la carpa. Al rato pasa alguna
otra moto y un auto, con una actitud parecida: se detienen, pasa un tiempo,
conversan, se van. Quizás la cosa es más simple y los paisanos están buscando
señal de celular, que por estos lados es escasa. Pasamos una buena noche, y en
algún momento en que salimos a hacer pis, nos sorprende una luna oronda
iluminando el monte y el río.
Amanece frío, nuboso y cae una llovizna
sutil. La ruta sube y baja por paisajes hermosísimos. Vamos usando todos los
cambios de las bicicletas, alternando descensos vertiginosos con cuestas en que
escalamos lento, con bastante esfuerzo. En algún momento nos cruzan por la
banquina una pareja de viejitos en un cuatriciclo medio destartalado. Van por
la orilla del a ruta, sobre el pasto, apenas más rápido que nosotros, que,
subiendo una cuesta vamos muy lento. Parecen tener ochenta años o quizás más.
Son más bien gringos, colonos. Traen una bolsa de arpillera con alguna cosecha
de la chacra. En algún momento se les cae un fruto amarillo, una especie de
pomelo gigante, que debe pesar más de un kilo. Me arrimo a la banquina y lo
recojo para alcanzárselos. Los encontramos un poco más adelante, en la puerta
de lo que parece ser su casa. Les arrimo el fruto pero nos lo regalan. Dicen
que lo usan para tomar tereré dentro. Conversamos un rato y luego seguimos
viaje. Durante el almuerzo comemos el fruto que resulta riquísimo,my jugoso. No
recordamos el nombre, sidraalgo. Nos decimos que tenemos que conseguir semillas
para plantar en casa. A última hora llegamos a un paraje con un par de chacras
y una escuelita. Pedimos permiso a los vecinos para acampar en la escuela y
armamos la carpa bajo techo. El cielo amenaza lluvia. Qué bueno tener un techo
cuando va a llover, nos decimos, acostados, antes de dormirnos.
Al día siguiente continúa nublado y
lluvioso, continúa la ruta que sube y baja paisajes increíbles y continúan los
encuentros con paisanos amables. Un pescador nos cuenta, medio en portugués y
medio en español, de los tamaños de los surubíes y los dorados y las bogas.
Sacando la inflación que aqueja a las historias de todo buen pescador, los
peces por estos lados resultan bastante más grandes que los de nuestra zona del
río. Los paisanos acá viven en una zona bastante gris entre Argentina y Brasil.
Es que nuestro país, nuestra patria, es también esas mixturas, todos esos
encuentros, estos ríos que nos atraviesan. Y sobre todo es mucho más las
orillas que el centro, lo que sucede en silencio en cualquiera de estos
pueblos, que lo que se muestra en los canales de televisión. Nuestro viaje es,
también, un viaje en busca de una patria.
Pasamos la noche en otra escuela. Nos
levantamos temprano porque a las ocho arrancan las clases. Son las siete,
apenas está clareando, la temperatura debe estar cerca de los cero grados y
llegan dos gurisitos de guardapolvo. Son hermanos, uno va a tercer grado y el
otro a sexto. Conversamos mientras terminamos de armar las bicis. A la pregunta
de qué es lo que más les gusta de la escuela responden entusiasmados que la
comida. Y nos cuentan de los guisos de fideos y del desayuno con chocolatada o
mate cocido y pan. Esperamos todos medio congelados: ellos que lleguen sus
docentes y nosotros que aclare un poco más para salir a la ruta. Llega una
docente, y mientras abre la escuela cambiamos algunas palabras. Nos pregunta
sobre nuestro viaje y nos dice que hace como diez años conoció a unos chicos
que viajaban en bicicleta. Que había uno que se llamaba Ignacio y era profesor
de filosofía. Qué casualidad digo en voz alta, en bici, Ignacio y profe de
filosofía. Y es entonces que nos damos cuenta que nos habíamos conocido y otro
viaje, cuando pasé por acá hace como trece años. El camino tiene sus vueltas.
Retomamos la ruta. La mañana está muy fría,
nos duelen las manos y los pies del frío así que vamos frenando en las bajadas
y celebramos las subidas que nos ayudan a entrar en calor. Al rato nos
refugiamos en el barcito de una estación de servicio a matear y esperar que se
levante la niebla que se fue poniendo más espesa. Casi a mediodía retomamos la
ruta. Hay algo en los caminos de Misiones que nos lleva a tomarnos el viaje con
calma. Cuando íbamos hacia Ushuaia íbamos un poco apremiados de tiempo para que
no nos agarre el invierno en Tierra del Fuego. Cuando subíamos desde el sur
íbamos con la necesidad de escaparle al frio. Además en la Patagonia, por las
distancias grandes entre zonas habitadas, teníamos que hacer tiradas largas
para reabastecernos de agua y comida o para buscar refugio cuando soplaba mucho
viento. En Misiones la ruta es amble, cada diez kilómetros hay algún paraje, el
frío de estos días un poco nos sorprende, pero no tiene sentido escaparle
porque ya no vamos más hacia el norte. Y sobre todo las rutas, los paisajes, la
gente, invita a demorarnos, a tomar la cosa con calma. Conversamos que, quizás,
nos demoramos porque no queremos que se termine esta etapa del viaje. Hay días
en que pedaleamos veinte kilómetros y nos parece bien, no nos hacemos problema.
Estamos disfrutando mucho esta etapa del camino.
En El Soberbio almorzamos en una plaza,
vamos a una información turística a preguntar por el estado de algunos caminos
de tierra que se presentan como alternativas para torcer hacia el oeste y
llegar a la ruta 12, que bordea el Paraná. Hacemos algunas compras y nos vamos
a bañar a una estación de servicio. Oscurece rápido, así que desestimamos la
idea de buscar el camping municipal y armamos la carpa en los fondos de la
estación. Pasamos una buena noche y por la mañana demoramos el desayuno
esperando que el día se temple un poco. Nos vamos hacia el norte, a pasar un
par de días en un emprendimiento ecoturístico, con proyecto de educación
ambiental y reforestación de nativas. Está en la Reserva de Biósfera Yabotí,
cerca de los saltos del Moconá. A los saltos no vamos a poder ir porque la ruta
está cortada por la crecida del Uruguay. También vamos a seguir explorando las
rutas 15 y 21, caminos de tierra que cruzan algunas de decenas de kilómetros
entre la selva. En el emprendimiento nos esperan al día siguiente, así que, por
la tarde, cuando baja el sol, pedimos refugio en un galpón en construcción
junto a una iglesia eangélica. El encargado es un colono viejito y rubión, que
ante nuestro pedido nos sonríe y nos dice que sí con los pulgares. Así de
fácil. Al ratito estamos con la carpa armada y la cena lista.
Por la mañana, con un sol radiante que
ayuda a superar el fresco, salimos a pedalear las cuestas rumbo norte. Tenemos
tiempo porque habíamos avisado que llegábamos al mediodía y son pocos
kilómetros así que nos vamos deteniendo a comer mandarinas o tomar mate o
conversar con unas paisanas. Preguntando y usando el mapita del teléfono
llegamos a la Reserva, conocemos a Elizabeth, que nos muestra un poco la cabaña
en la que vamos a estar y se va a hacer sus cosas. Jugamos a la casita,
cocinamos, jusntamos leña, lavamos ropa, acomodamos nuestras cosas,
conversamos. Así se nos pasa el tiempo. Mientras la selva, protagonista y telón
de fondo de esta escena, continúa tejiendo su trama de helecho, arroyo, árbol y
mariposa.
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