22 de julio de 2024, Eldorado, Misiones

Escribo sentado a una mesa bajo una galería, mirando el patio interno de este lugar que estamos habitando desde hace unas dos semanas. El lugar es una especie de vecindad del Chavo, un conjunto de departamentitos o casitas mínimas, con un patio central, con un playón para estacionar, algunos árboles bajos, dos cajones de huertas elevados, algunas parrillas, muchos materiales ordenados: maderas viejas, fierros, aberturas, materiales de construcción, cajones de coca cola, algunos árboles frutales, un perro y un gato que señorean el espacio.

Estamos en Eldorado hace unas dos semanas y prevemos quedarnos unas dos semanas más antes de retomar el viaje en bicicleta hacia la región del noroeste argentino. En Eldorado jugamos a la casita, cocinamos, acomodamos las bicis, salimos a correr o a caminar, a tomar mate a la costanera. Y sobre todo, lo más importante, compartimos tiempo con las niñas que desde hace unos años pasaron a ser parte de nuestras vidas, y nosotros de la vida de ellas. Ellas vivieron un tiempo con nosotros en nuestra casita de la isla, en un momento en que el mundo se les presentaba hostil y no tenían adonde ir. Fueron meses de revolución, amor, o saber, cuidados, trámites burocráticos y cansancio. La vida que toma rumbos insospechados. Hoy ellas viven con sus abuelos acá y nosotros las acompañamos desde otro lugar. Nuestro viaje en bicicleta es parte de este viaje más amplio. Y esta parada en esta ciudad a orillas del Paraná tiene sentido en esa historia.

La última crónica la escribía desde Yerbas del Paraíso, así que voy retomar el relato desde allí. En Yerbas del Paraíso pasamos dos noches en una cabaña que nos prestó Elizabeth. Descansamos y ensayamos estrategias para acomodarnos a una ola polar, con un frío que no nos esperábamos en Misiones. Al tercer día retomamos la ruta, bien entrado el mediodía, con el sol alto, el ambiente templado y el pronóstico de que el frío iba a ir menguando. Disfrutamos mucho el camino, con subidas y bajadas con mucho desnivel, hasta llegar a El Soberbio. Después de esta ciudad, tomamos una ruta hacia el Oeste, para cortar la provincia de Misiones en sentido Este-Oeste, desde el río Uruguay hasta el Río Paraná. Desde la frontera con Brasil hasta la frontera con Paraguay. La ruta va subiendo bastante hasta la ruta 14, en el medio de nuestro trayecto. Simplificando: subimos hasta el centro de la provincia y después bajamos hasta el Paraná. Así que los primeros kilómetros de esa ruta fueron de mucha subida, sol y vistas largas sobre un paisaje de cerros verdes, cubiertos de selvas, forestaciones o chacras. En la ruta nos llamó la atención la gran cantidad de iglesias y templos, la mayoría de distintas confesiones protestantes. A medida que nos alejábamos de El Soberbio volvía la cultura rural de colonos, con mucha presencia de “alemaos”, que es como llaman a los colonos rubios.

Cuando cayó el sol empezamos a pedir un lugar para poner la carpa porque no encontrábamos un lugar agreste que nos convenciera. En una iglesia, conocimos a Julio Ferreyra y su familia, que nos gestionaron con un pastor un techito bajo el que poner la carpa. Compartimos un rato con dos chicos, David y Anderson. Estaban muy interesados en nuestra forma de viajar, y a medida que íbamos conversando iban planificando su propio viaje. Recuerdo algunos encuentros que tuve en otros viajes con viajeros. Sobre todo me llamaron la atención las historias de personas grandes que se decidieron en algún momento de sus vidas a salir al camino en bicicleta o en veleros. Esas historias se fueron imbricando en mi historia, y forman parte. David y Anderson nos caen muy bien y nos gusta que sus historias y nuestras historias se crucen.

Pasamos una buena noche, y no pensamos demasiado en las víboras que hace poco habían encontrado en el techo del galpón en el que dormimos. Por la mañana retomamos el camino ascendente en dirección Oeste. Al rato de pedalear nos alcanzó otro cicloviajero: un hombre pequeño y flaquito que pedaleaba enérgico las subidas parándose en los pedales. Empezamos a pedalear a la par y conversar. Se llama Hernando, es de Colombia, hace unos dos años que está en la ruta, antes de salir trabajaba de vigilador privado y quiere encontrar el modo de sostenerse económicamete viajando para que su viaje sea indefinido. Pasado el mediodía llegamos a una ciudad, 2 de mayo, y mientras nosotros nos detenemos un poco famélicos en una estación de servicio de almorzar una comida que preparamos esta mañana y llevamos en las alforjas, él se va al centro de la ciudad, a contar su historia y vender unos stickers para pagarse un almuerzo. Nos llama mucho la atención, como otras veces, las distintas formas de viajar. Yo estaría de muy malhumor si después de una jornada de pedaleo, con hombre voraz, tuviera que depender de otros para comer algo. Pero hay personas a las que eso las entusiasma y hasta les resulta un desafío. Nosotros vamos con comida lista en algún recipiente, con frutas y reservas para cocinar un par de días. Es nuestro modo, hay otros.

Después del almuerzo nos subimos a la ruta 14, que pedaleamos unos mil kilómetros en dirección norte atravesando Entre Ríos y Corrientes. Ahora vamos al sur, pero sólo unos pocos kilómetros. La ruta tiene bastante más tránsito al que veníamos acostumbrados las últimas semanas. Pero también tiene una banquina muy generosa que nos permite pedalear despreocupados, disfrutando el sol y el paisaje. A media tarde llegamos al Camping Municipal de 2 de Mayo, un predio muy grande con pista de atletismo, un laguito artificial, algunos bosques con sitios para acampar y fogoneros, baños con duchas, canchas para distintos deportes. A pesar de que es día laboral, hay mucha gente local que lo utiliza. Si tenemos algún destino como comunidad, me imagino que en el futuro se van a multiplicar más estos emprendimientos locales públicos, de aprovechamiento común, que nos reconectan con el otro, con la naturaleza y son un modo de respirar en el aire enrarecido de las ciudades y la mediósfera.

En el camping conocemos otros viajeros en bicicleta, cada uno con un modo muy particular de viajar. Pasamos una buena noche y por la mañana retomamos la ruta en dirección al Río Uruguay. El día es espléndido, la ruta serpentea en mil curvas mientras baja cuestas con postales panorámicas de cerros verdes, selva y parches de niebla sobre los valles y lechos de arroyos. La ruta está poco transitada, pero al ser angosta y tener tantas curvas y desnivel, nos obliga a ir atentos al tránsito. Cuando viene un camión por nuestra mano bajamos de la ruta así lo dejamos pasar. En el camino no hay casi población, vamos solos entre un verde majestuoso, herido de vez en vez por los caminos rojos que se internan en el monte. Conversamos con un colono viejito, bien alemao, que nos cuenta su historia mientras le compramos unas frutas y un poco de miel. Después de un almuerzo a la sombra de unos árboles al costado del camino, llegamos al Paraná, tomamos la ruta 12 en dirección norte y, después de unas subidas y bajadas abruptas en las que nos detenemos a retomar aire, llegamos al pueblo de Caraguatay. Nos instalamos en el Camping Municipal y nos damos un chapuzón con jabón en el río, que a pesar del calor de estos días, tiene una temperatura que nos recuerda a los arroyos de la Patagonia. Conocemos a una pareja brasilera, de San Pablo, que anda recorriendo  Sudamérica en casa rodante en modo “disfrutemos la jubilación”.

Por la mañana retomamos el camino. La ruta 12 en gran parte tiene una banquina generosa, pero a vece se interrumpe cuando la ruta se ensancha en un tercer carril. A pesar del tránsito, la pedaleada es bastante segura. Las subidas y las bajadas nos resultan exigentes, y pensamos que no tienen nada que envidarle a los caminos cordilleranos de la Patagonia. Claro que allá las alturas son otras, pero aquí los desniveles son más abruptos. Pechando la cuestas y prestando atención a las bajadas, llegamos al rato a Eldorado. Acá termina la tercer etapa de nuestro viaje, Delta del Paraná-Eldorado. Acá nos vamos a quedar unas semanas, compartiendo con las chicas, que forman parte de ese otro viaje más grande en el que estamos embarcados.

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