21 de junio de 2024, Garaví, noreste de Corrientes.

Escribo sentado a una mesa de madera, bajo un alero de chapa bajo el que anoche armamos la carpa, en el ptedio de la cancha de fútbol municipal del pueblo de Garaví. Cuando levanto la vista veo una cancha verde con un pasto impecable, calles de tierra roja, una escuela, algunas casas bajas, pinos, eucaliptus, palmeras pindó, bananos, ligustros, mangos y toda una vegetación que parece misionera. Se escucha una motosierra, una radio con una voz que parece de pastor evangelista, algunas motos que pasan, unos chiflidos. Llovió mucho toda la noche, relámpagos, rachas de viento y aguaceros tropicales. Estamos en Corrientes pero el escenario es más bien misionero. Desde hace un par de días que el paisaje va cambiando en nuestro camino, y esa transición es parte lo que voy a escribir ahora.

En Yapeyú dimos con el camping municipal en el que estuvimos muy a gusto. En la ciudad estuvimos muy a gusto. Yapayú, además de ser el lugar de la infancia de San Martín, es un lugar en el que se respira la historia de los jesuitas por esta zona, hay construcciones antiquísimas en una elevación estratégica sobre el Río Uruguay. En la plaza y sus calles principales hay árboles muy antiguos. Nos quedamos dos días y aprovechamos para descansar, recorrer el museo sanmartiniano, la casa natal de San Martín y el museo jesuita. En los museos sobre San Martín nos quedó un gusto amargo: presentan una figura muy superficial de Don José, con una mirada más bien lavada, inspirada en la historiografía de Mitre, con algunas referencias a valores militares, a anécdotas más bien folklóricas o moralistas y casi nada sobre sus ideas, sobre su compromiso político con la liberación del pueblo. En este contexto epocal, con la vocación de colonia en la que están embarcados nuestros dirigentes actuales, nos deja un sabor amargo el contacto con la vida de San Martín. Y sin embargo hay algo de una épica natural y paisana al sabernos recorriendo los lugares que le fueron tan cotidianos en su infancia.

Después de un día de descanso decidimos retomar la ruta a pesar de que el pronóstico y el cielo eran muy inciertos. No teníamos ganas de mojarnos, pero al mismo tiempo pronosticaban lluvias y chaparranos aislados para toda la semana. Considerando que esperar a que el panorama se aclarara meteorológicamente nos podía llevar muchos días, decidimos salir y probar suerte. A los pocos kilómetros de pedaleo salió el sol, el viento cesó y empezamos a disfrutar más el día. La ruta 14 ahora es angosta sin banquina, así que vamos muy atentos al tráfico. Pedaleamos bien pegados uno detrás del otro. El que va detrás tiene la función e ir mirando para atrás y avisar cuando vienen camiones o autos. También da el grito de “abajo” cuando vemos que algún vehículo está complicado, o no está dispuesto, a pasarnos dejando una distancia prudente. La banquina está en muy mal estado, con el pasto por nuestras rodillas, así que bajar del asfalto implica frenar. El ecosistema de espinal fue reemplazado por una selva cerrada, en gran medida reemplazada con forestaciones de pinos o eucaliptus. La ruta serpentea entre el bosque o la selva, subiendo o bajando cuchillas bastante suaves. El tráfico no es tan intenso y vamos disfrutando el camino. De pronto el paisaje se abre en bañados atravesados por ríos o arroyos, coronados aquí y allá con islotes de palmeras y selva nativa. Después del río Aguapey, hacemos una parada para descansar en la ciudad de Alvear, y decidimos salir de la ruta 14 para tomar una ruta provincial más tranquila en la que buscar un lugar para acampar. La ruta está en muy mal estado, cubierta en gran parte de arena, pero prácticamente no hay vehículos que la transiten además de nuestros bicicletas. Cruzamos un paraje detenido en otro tiempo, con ranchitos de madera, chanchos y gallinas y paisanos y paisanas mateando en la puerta que saludan amistosos al vernos. Al rato encontramos una capillita blanca, solitaria, vigilando el horizonte de pastizales y plantaciones de eucaliptus. A lo lejos se escucha el tráfico de la ruta 14. Molestamos a un paisano que anda arreando unas vacas para preguntarle si nos podemos quedar a dormir allí. Rodríguez es un hombre de unos setentaylargos, con botas de goma, gorro con visera, un jean remendado y una sonrisa franca. Nos cuenta que es el encargado de la capilla, que armemos nuestra carpa bajo el mango que nos va a dar reparo si llueve. Nos quedamos conociéndonos, nos cuenta un poco su historia: que nació por allí y en el sesenta se fue para Buenos Aires a trabajar, conoció a quien es su mujer, tuvieron familia, levantaron una casa a fuerza de trabajos en la construcción, y en los noventa se vivieron para el pago, compraron una casita en el pueblo pero se instalaron en el rancho de la infancia. Cuando se hizo la ruta le tiraron el rancho abajo pero como no tenía papeles no lo indemnizaron. Vendieron unas vacas, las vacas acá son cómo el dólar aclara, ahorramos en vacas, y compraron una chacrita vecina, levantaron otra casita y ahí están desde entonces. La casa del pueblo se la presta a un sobrino que es policía, que “se está enderezando de algunos entuertos” y de paso les cuida la casa. Rodríguez es muy amable y muy buen conversador. Conocer nuestro país es conocer a sus paisanos y sus historias.

Por la noche diluvia y, aunque la carpa aguanta muy bien el aguacero y el viento, ayudada por la protección del mango, el agua corre por el terreno que está en pendiente y nos va mojando las cosas desde abajo. Aunque no es muy grave, nosotros estamos secos y pasamos una buena noche. Amanece con un sol radiante y al rato adornamos todo el frente de la capilla con nuestra pilchas secándose al sol. Vuelve Rodríguez, después de haber sacado a pastar las vacas y mateamos mientras sus historias ahora van por el lado de la seca de los últimos años y los incendios y cómo se salvaron por poco su chacra y sus animales.

Cerca del mediodía, el equipo seco, retomamos la ruta 14 que está particularmente cargada. Además de los camiones hay mucho tránsito de autos particulares, es fin de semana extralargo. Nos insolamos un poco así que hacemos varias paradas y armamos unas sales rehidratantes caseras con agua, sal y azúcar. Pedalear con este tráfico, con la ruta en tan mal estado y con el apuro la imprudencia de los conductores apurados es un ejercicio precisa de toda nuestra concentración. El paisaje es espectacular pero casi no le prestamos atención porque estamos totalemente comprometidos en que no nos lleven puestos. Bajamos de la ruta mil veces y mil veces más. La banquina es intransitable y no tenemos rutas alternativas. Entre la insolación y el tráfico este tramo se nos hace particularmente cuesta arriba. Hace tiempo que no pedaleamos en una ruta tan cargada. La última vez había sido el acceso a Bahía Blanca, saturado de camiones y con un viento intenso de través que nos desestabilizaba. Y la anterior saliendo de Calafate, rumbo a Rio Gallegos, un domingo en el que los amantes de los autos volvían de la jornada de carreras de Turismo Carretera, entusiasmados con eso de ir rápido, como si estuvieran en el velódromo. Hacemos varias paradas cortas para descansar y no perder la concentración. En algún momento un camión nos pasa muy cerca, nos despide a la banquina y quedamos asustados. Consideramos hacer dedo para pasar este tramo pero no hay lugar donde los autos o camiones puedan frenar con facilidad. El estado de la ruta y la banquina es un desastre. Decidimos seguir prestando mucha atención. Un poco antes de Santo Tomé llegamos a un puesto de Gendarmería en el que hay varias casas. Le preguntamos a los gendarmes si podemos armar la carpa por ahí, explicándoles nuestra situación pero se niegan. No sé qué va a decir el jefe, dice el superior. En general, preguntarles a las fuerzas es nuestra última opción, pero acá no hay opción. Y hacen honor a nuestros preconceptos. Así que retomomamos la ruta y poco a poco hacemos los últimos trece kilómetros hasta Santo Tomé. Acampamos a la afueras, en una estación de servicio. Y después de una ducha fría renovadora nos desmayamos en la carpa.

Amanecemos y nos vamos al centro de la ciudad a desayunar. El movimiento resulta ser una buena jugada: ni bien entramos en una chipería, pedimos unos chipás y armamos el mate, se larga un diluvio tropical, que a los minutos convierte las calles en arroyitos. Desayunamos sin apuro, conversando con una piba y un pibe que atienden el local. Son macanudos y les interesa el viaje. En algún momento se quieren largar a los caminos en moto. Desayunados y con un sol radiante, encaramos un camino nuevo, una ruta secundaria, asfaltada, casi sin tránsito, que serpentea cerritos, arroyos, forestaciones, parches de monte nativo, subiendo y bajando con una cadencia misionera. El contraste con el día anterior, con el tráfico y el estado del último tramo de la ruta catorce, nos hace el camino mucho más disfrutable. Vamos escuchando música con un parlante, conversando sobre el paisaje, admirando cada pájaro, cada arroyo. Y no protestamos por un viento norte adverso bastante intenso que nos obliga casi todo el tramo a pedalear en los cambios más livianos, como si fuéramos subiendo una cuesta. En algún momento subimos un cerro más alto que el resto y tenemos una vista que se extiende sobre bañados, el río Uruguay y Brasil a lo lejos. Cruzamos un camión cargado con bolsones con cosecha de yerba mate y al rato vemos las primeras plantaciones. Al atardecer entramos por camino de tierra colorada al pueblo de Garaví, donde conversamos con algunos vecinos y al rato estamos instalados en la cancha de fútbol, bajo un techo porque amenaza lluvia. Por la noche llueve nomás, con fiesta de relámpagos y entusiasmo tropical. El ruido del agua en el techo de chapa y la certeza de que no nos vamos a mojar a pesar del diluvio, nos genera una sensación muy placentera. Pasamos el día siguiente cocinando, descansando, leyendo, haciendo pequeñas reparaciones y conversando con Lescano, el paisano encargado de la cancha de fútbol desde hace unos 17 años. Dice que cuando llegó la cancha era pura tierra y él empezó a cercar y a administrar el uso cuando llovía para que se regenerar el pasto. Está rengo y un poco grande, y sueña que, cuando él ya no esté, su legado quede en forma de este jardín verde, adornado con cuatro arcos blancos, al que todas las tardes, siempre que no haya llovido mucho, lo trotan los gurises y los paisanos del pueblo de Garaví.

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