17 de junio de 2024, Yapeyú

Escribo sentado en un banco de madera mirando el río Uruguay. Estamos en Yapeyú, la tierra en la que nació San Martín. EL camping municipal lo compartimos con una tropilla de caballos, algunos perros y pájaros y ningún turista. Llegamos aquí ayer, a última hora, después de una pedaleada deliciosa. Esta es la primer crónica de nuestra tercera etapa del viaje. Consideramos que la primer etapa fue Bariloche – Ushuaia, por la carretera austral chilena primero y luego, sobre todo, por la ruta 40. La segunda etapa fue Ushuaia – Delta del Paraná, por la ruta 3 hasta Bahía Blanca y luego por distintas rutas y caminos rurales por el centro de la provincia de Buenos Aires. Esta tercera etapa nace en el Delta en el Paraná y desagua en Eldorado, Misiones. Así que Yapeyú es más o menos la mitad de esta etapa.

Salimos pedaleando desde Pacheco la mañana de un martes 4 de Junio hacia la estación de tren de Benavídez. Nos sentimos un poco ridículos pedaleando cargados para el gran viaje estando en lugares tan cotidianos. Algunas personas nos ven extrañadas pasar. De dónde vienen, preguntan. De Ushuaia y Bariloche. Suena a travesía ya.

La mañana estaba fría y bastante nublada. Nos habíamos propuesto “aprovechar” la ciudad para hacer algunas compras y gestiones difíciles de concretar en ciudades pequeñas o pueblos pero salimos medio con lo puesto. Nos dedicamos, sobre todo, a estar con la gente que queremos. Así que mientras esperamos el tren que nos va llevar hasta Zárate vamos al cajero, hacemos una compra o dos. En el tren, mientras desfilan por las ventanillas los humedales de la zona de Otamendi y Campana ya nos sentimos de viaje otra vez. Estamos en camino.

Encaramos los puentes que cruzan el Paraná. Empezamos pedaleando pero la vereda para peatones es tan angosta que golpeamos con las alforjas las barandas. Así que lo encaramos con filosofía, nos bajamos y los caminamos. Cruzamos el Paraná de las Palmas primero y luego el Paraná Guazú. Vemos el río y las islas desde arriba, una perspectiva de nuestras tierras y nuestras aguas a la que no estamos acostumbrados. Estamos tan cerca de casa, innumerables veces cruzamos por estos puentes. Y sin embargo estamos de viaje, estamos en camino, el día es nuevo y promete acontecimientos.

Pedaleamos por una ruta cargada de autos y camiones. Una banquina transitable nos hace el trámite más agradable y seguro. El viento sopla fresco, de frente. Cuando me instalé por primera vez en las islas del Delta, me solía acordar de los paisanos que viven en estas islas, entre estos puentes, tan cerca de la zona industrial de Zárate y Campana, a la orilla de la ruta 12, vendiendo pescado o carnada a los que pasan. Qué diferencia que le encuentro al mismo rancho islero, si está a la vera de una ruta y una zona industrial a si está perdido en alguna zona aislada de las islas. Ahora pienso que no estamos tan lejos.

 Se nos hace de noche cerca de Gualeguaychú. Frenamos en un camping a la vera de la ruta. Tiene un cartel grandilocuente que anuncia “Camping El gran Lago”. Hay una lagunita, algunos árboles, algunas construcciones medio derruidas. El encargado no nos da mucha bola, está en alguna otra cosa. Somos los únicos acampantes. No hay duchas y es dudoso que haya baños. Nos instalamos bajo un quincho y hacemos un fuego para cocinar algo y calentar el cuerpo.

Pasamos parte de la noche y la madrugada peleando con un chancho que se nos quiere meter a husmear la comida que llevamos en las alforjas. Cuando lo queremos alejar con gestos amenazantes nos encara. Es un chancho grande, le tenemos respeto. Hace unas semanas, un hombre que conocimos nos contó que casi se lo come su chancha cuando, sirviéndole el maíz en el fuentón del que solía comer, se cayó redondo y no se podía levantar. La chancha lo empezó a mordisquear hasta que algún familiar escuchó sus gritos y sacó el chancho a palazos. Se pasó un par de días en el hospital. Por las dudas le construimos unos parapetos con mesas, sillas, maderas y chapas para que no pueda entrar al quincho. A veces los tira y logra entrar al quincho y un poco lo enfrentamos con un palo, pero si ataca nos guardamos para otras batallas. Así mientras amanece. AL final el chancho se cansa y se va. Desayunamos  con unos mates y salimos a la ruta. El día está nublado y sopla un viento norte que nos demora el avance. Va desfilando un paisaje de esteros poblados de cigüeñas americanas, garcitas, chajáes, cardenales. Pensamos en las pinturas fluviales de la amiga Fabiana De Luca: metros y metros de lienzos con paisajes fluviales que van diciendo el río. Pinturas panorámicas, que fluyen como estos paisajes, con el río. Disfrutamos la pedaleada aunque el frío insiste y casi no se ve el sol en todo el día. Vamos buscando una bicicletería donde hacer revisar la bici de car que hace unos ruidos extraños. Sospechamos que puede ser la masa trasera. Las habíamos llevado a un bicicletero de confianza, pero se ve que se le pasó revisar las bolillas o la grasa de la masa. Pero no encontramos ninguna y no tenemos la herramienta para sacar los piñones, así que seguimos pedaleando. Enseguida cae el sol, los días con muy cortos en Junio. Con la última luz armamos la carpa en una estación de servicio. Hoy pedaleamos unos ochenta y dos kilómetros por una banquina generosa y un escenario de bañados.

Amanece cálido y neblinoso. Demoramos los mates por la mañana mientras la niebla se va disipando. Pedaleamos en remera y calzas, nos sorprende la temperatura y la celebramos. El viento es norte e intenso. Lo tenemos de frente. En Gualeguaychú nos encontramos con un bicicletero con la mejor de las ondas. En general las bicicleterías de barrio, más humildes, están más dispuestas a realizar reparaciones que las bicicleterías grandes y céntricas, más dedicadas a la venta. Engrasamos la masa trasera, hacemos algunas compras y encaramos un camino rural. El camino es hermosísimo y nos vamos cruzando con ciclistas en pelotones o en solitario. Con algunos pedaleamos algunos kilómetros y vamos conversando. Hacemos una comida fría bajo un árbol y nos sentimos absolutamente privilegiados: hace calor, hay sol y tenemos todo el camino por delante.

Al atardecer llegamos a un pueblo de campo llamado Colonia Elía. Las casas son bajas y aisladas. Algunos paisanos nos saludan al pasar. En una casa hay un pibe escuchando unas cumbias y tomando cerveza. Al vernos se ríe y nos saluda con un ¡Ey! mientras nos invita a acercanos. Que de dónde viene y a dónde van. Que dónde van a dormir. Enseguida va a llamar a su mujer y a sus hijos para que nos conozcamos. Nos ofrecen quedarnos en su jardín y compartir unas pizzas. Nos caen bien y nos quedamos. Mati, Mariel y los gurises son muy divertidos y las pizzas de Mariel son sublimes.

Al día siguiente, como es habitual cuando estamos a gusto en algún sitio, salimos tarde. Seguimos por un camino rural. El día está caluroso y húmedo. El viento norte sigue insistiendo en dificultarnos el avance. Lo vamos pechando todo el rato. Después del mediodía volvemos a la ruta 14, a pedalear la banquina. Antes de entrar a Colón, frenamos en una estación de servicio a reparar una pinchadura, comer algo y descansar. Mientras estamos sentados a la sombra de un árbol vemos pasar un ciclista en nuestra misma dirección. Va solo, con un gorro y sin remera, las alforjas bastante cargadas. Lo vemos solo un momento y es una imagen de libertad. ¿Cómo nos veremos nosotros? ¿Qué podrá nuestra imagen de rodantes trashumantes en las cabezas y los corazones de quienes nos ven pasar? La imagen fugaz del ciclista nos alegra el rato. Retomamos la ruta rumbo a lo de la tía Nelé y su pareja Aldo, en Colón. Pasamos con ellos y sus familias unos tres días muy divertidos. Nos gusta mucho Colón, su ritmo de pueblo fluvial, sus paisajes de árbol, río y playas de arena. Compartimos encuentros familiares, asados, un partido de la selección, unas pizzas caseras.

Después de pasarnos tres días de reencuentros y conversaciones volvemos a la ruta. El día está ideal: ni muy fresco ni muy caluroso, el viento Norte se fue a descansar, el sol brilla pero no quema demasiado. Hacemos un camino interno hasta Pueblo Liebig, nos tomamos unos mates a la orilla del Uruguay y encaramos un camino de ripio hasta la ruta 14. Vamos pedaleando por la banquina y el camino se hace liviano. En unas horas entramos al Parque Nacional El Palmar. Pedaleamos unos doce kilómetros entre estepas salpicadas de palmeras y carpinchos. En el camping del parque nos reciben las vizcachas, las urracas y muy pocos acampantes.

Pasamos una buena noche, amanecemos sin apuro, cocinamos para el día y paseamos un rato por las orillas del Uruguay. Después de un almuerzo encaramos la ruta 14 otra vez. Pinchamos una rueda y la reparación nos lleva un rato. Le metemos pata a la pedaleada porque se está haciendo tarde. No queremos estar en la ruta después de las 17,30 porque ya hay poca luz y los conductores pueden no vernos. Acampamos en una estación de servicio. Me sucede algo curioso: el día anterior había perdido una ojota, la ojota derecha, que se me cayó en algún momento de la bicicleta. Cuando me dí cuenta desandé unos kilómetros pero no la encontré. Pensé en tirar la otra ojota, la izquierda, pero me dije que quizás encontraba alguna en el camino. Al día siguiente, al rato de empezar a pedalear por la banquina de la 14, Car me avisa que hay una ojota. Es casi igual que la que tengo, de la misma marca y color y un número más chico. Pero del mismo pie. El camino es generoso. Y también tiene su humor. Por la noche, en la ducha de la estación de servicio en la que paramos, alguien dejó un par de ojotas. Una está rota, la izquierda. La derecha está impecable. Ya vuelvo a tener ojotas.

Pasamos una noche ruidosa por los camiones. Algunos conductores dejan los camiones encendidos mientras descansan, nos preguntamos porqué ¿Estarán reponiendo baterías mientras ven una película? Cuando sucede a la madrugada no es tan divertido. Dormimos salteado. Amanecemos, tomamos unos mates y volvemos a la ruta. El viento Norte se hace presente otra vez. No será un viento patagónico pero nos frena bastante el avance. Celebramos cada kilómetro y hacer diez kilómetros es un hito importante en el día. Los vamos festejando para darnos ánimo. El paisaje es de ecosistema de espinal, con algunas cuchillas, con un poco de ganado, con plantaciones de frutales. En la orilla del camino hay puestos vendiendo naranjas y mandarinas. Estamos en época. Una chica nos pregunta interesada de dónde venimos y a dónde vamos. Se maravilla con nuestra historia, nos pregunta cosas prácticas con los ojos bien abiertos. Se ve que nuestra historia le abrió una posibilidad, una línea de fuga. Nos regala unas naranjas de ombligo y unas mandarinas. Son las más ricas del mundo. A última hora acampanos en una estación de servicio en el paraja de Las Piedritas. Pasamos una muy buena noche.

Por la mañana, cuando estamos por salir, Car encuentra su bici pinchada. Cuando vamos a cambiar la cámara encontramos que las dos cámaras de repuesto pierden aire. En general andamos con dos cámaras de repuesto en buen estado y también con un equipo de parches y pegamento. Si pinchamos en el medio de la ruta, cambiamos la cámara y la reparamos en algún lugar en el que estemos cómodo. No sabemos cómo pudo pasar que las dos cámaras estén pinchadas. Por suerte en la estación de servicio hay una gomería. Nos arrimamos y nos reparan todas las cámaras en un ratito. Quizás tuvimos suerte en encontrar la rueda pinchada esta mañana. Retomamos la ruta. EL viento Norte sigue durísimo. Avanzamos con esfuerzo, celebramos cada kilómetro. Al rato cruzamos un puente y estamos en Corrientes. Ahora hay plantaciones de frutales por todos lados. También hay forestaciones de eucalipus. En alguún momento vemos a lo lejos unos patrulleros medio cortando la ruta y unos policías yendo de acá para allá. Se ven unas manchas naranjas sobre la ruta. Cuando nos vamos acercando nos damos cuenta que algún camión perdió su carga de mandarinas. Quizás hubo un vuelco o un choque. Con ingenuidad pensamos que la policía está haciendo una reconstrucción del accidente, o algo por el estilo. No, están juntando mandarinas. Ajenos al tránsito intenso que va frenando al acercarse, van cargando cajones y bolsas de mandarinas en los patrulleros. Al rato largan unos sapucay, y se van en las camionetas tirando cáscaras naranjas por las ventanillas y haciendo sonar la bocina. Llegamos temprano a una estación de servicio. La ventaja de las estaciones de servicio es que nos podemos duchar, usar los baños y, en general, tienen un lugar alejado y tranquilo en el que armar la carpa bajo unos árboles. La desventaja es que por la noche se va poblando de camiones que llegan tarde o parten a la madrugada y nos despiertan. Cocinamos varias cosas: la cena, la comida del día siguiente y unos pancitos chatos de masa madre. Tenemos la misma masa madre desde que salimos del Delta, hace cinco meses. Pensamos que íbamos a tener que dejarla en la fronteras con Chile pero nadie nos preguntó si llevábamos masa madre. Por las dudas nosotros tampoco lo aclaramos. La alimentamos cada tres o cuatro días y hacemos unos panes chatos que cocinamos en la sartén o sobre alguna parrilla.

Pasamos una buena noche. Mientras estamos desayunando se acerca un camionero brasilero que transporta gas desde la Patagonia a su país. Nos cuenta que nos había visto hace un par de días, cuando iba hacia el sur y que ahora nos volvió a cruzar a su regreso. Nos pregunta sobre el viaje. Nos dice que, si no nos ofende, nos quiere regalar algunas cosas que preparó para nosotros. Saca un par de bolsas con alimentos. Nos encanta su gesto, se lo agradecemos y nos deseamos buenas rutas. Nos divierte porque nos deja algunas cosas que no solemos tener, como leche fresca o chocolate en polvo. En general los camioneros tienen muy buena onda con nosotros y son muy respetuosos en la ruta. A veces hay alguna excepción: alguno que nos pasa demasiado cerca sin avisarnos o que nos toca bocina de mal modo. Pero son excepciones que nos sorprenden y nos descolocan: ya estamos acostumbrados a que nos esperen o nos toquen bocina alentándonos y nos saluden en las paradas. Hay cierta fraternidad de ruta con los trabajadores del camión. Es algo que pasa sólo con algunos pocos automovilistas, los que están más acostumbrados a viajar o les llama la atención los viajes en bicicicleta. En general no tenemos mucha interacción con quiénes viajan en auto. Pero con quienes van en camión sí. Claro, con ellos compartimos la ruta como un espacio que habitamos, no un mero lugar de paso.

En la ruta sigue el viento Norte muy intenso. Ensayamos la estrategia de los pelotones de ciclistas, nos turnos para ir al frente cortando el viento. El otro va bien pegado atrás y es un modo de descansar. De a ratos no tenemos más banquina por el lado derecho de la autovía, así que cruzamos del otro lado y pedaleamos por la banquina en contramano. La banquina es muy generosa y no resulta peligroso. De hecho nos parece más seguro así: al ver el tránsito de frente nos permite salir de la banquina si vemos alguna situación peligrosa. El paisaje alterna las forestaciones de eucaliptus, las plantaciones de frutales y las zonas de espinal, con espinillos y Ñandubayzales entre los que pasta el ganado. El bioma del espinal tiene sus desventajas para el cicloviajero: volvemos a pinchar. Desde que entramos en esta zona estamos a un promedio de una pinchadura por día. Nos lo tomamos con filosofía: eso de comer durazno y bancarse la pelusa. O de pedalear entre espinillos y parchar la bicicleta. Hacemos una parada para comer y descansar en el sitio exacto en que la ruta hace un giro de noventa grados. Al retomar el pedaleo el viento está de través, ya no nos frena y pedalear es un placer. Hacemos unos ágiles veinte kilómetros y llegamos a Colonia Libertad, un publito de casas bajas con frutales en el patio y gente mateando en la vereda. Nos sentamos a tomar unos mates en la plaza mientras un grupo de mujeres y niños realizan una protesta con pancartas y canciones: están denunciando a un hombre que abusó de un niño. Van hasta su casa, los corren a pedradas, caminan las pocas calles del pueblo, vuelven a la plaza.  Cuando desconcentran algunos se quedan conversando con nosotros. Conocemos a Tino y Herminda, nos invitan a su casa y tomamos unos mates mientras conversamos y vemos un partido de Boca primero y de la selección después. Son súper amables y agradables. Armamos la carpa bajo la galería de la casa porque el cielo amenaza lluvia. Pasamos una muy buena noche.

Desayunamos con Tino y Herminda mientras conversamos y, cuándo no, reparo una pinchadura. Cuando retomamos la ruta vamos atendos a no bajar mucho del asfalto para no volver a pinchar. Sopla un sudeste intenso, que nos pega de través. La pedaleada es ágil y liviana. Se acabaron las plantaciones de cítricos, ahora alternan las forestaciones y la ganadería con algo de monte nativo. Entramos a un pueblo llamado Bonpland a almorzar y comprar algunos víveres. Es la hora de la siesta y en el boliche hay algunos paisanos tomando una cerveza. Nos miran entre intrigados y divertidos y, a su ritmo, iniciamos una conversa. Enseguida nos invitan una cerveza y nos preparan una mesa para que almorcemos los fideos cocinados que traemos en un tupper. Nos cuentan varias historias del pueblo, y nombran bastante al “sabio”. Al rato nos damos cuenta que hacen referencia al Bonpland famoso, el médico y botánico que anduvo de expedición con Humboldt. Parece que después de varias vueltas terminó viviendo aquí, y de ahí el nombre del pueblo. Rechazamos cortésmente las siguientes cervezas porque queremos seguir pedaleando. Con la última luz y apurando un poco el tranco, llegamos a unas estaciones de servicio que están en las afueras de Paso de los libres. Son paradas de camiones y es bastante multitudinaria la reunión de camioneros. No nos dejan acampar en ninguna de las estaciones de servicio, pero sí nos ofrecen las duchas. Así que nos duchamos y armamos la carpa en un rinconcito de pasto “en la vereda” entre dos estaciones de servicio. Es el único lugar en el que permiten acampar. Hay un vigilante famoso por los malos tratos, y, cuando cae el sol, comienza a discutir con unas traajadoras sexuales que se bajan de auto blanco. Entre el ruido de los camiones, las discusiones entre las chicas y el vigilador y el viento y la lluvia, dormimos de ratos.

Por la mañana ya no llueve pero sopla viento. Demoramos en salir de la carpa para que se vaya secando. Nos vamos a una de las estaciones de servicio a desayunar y, cuándo no, a reparar una pinchadura. A eso del mediodía encaramos con dudas la ruta, hay varias cosas que nos preocupan: el viento que está de frente, la ruta, que ya no es autovía y no tiene banquina y el clima, que amenaza con seguir lloviendo. Pero nuestros miedos se van disipando, el viento no es tan intenso y las forestaciones nos hacen de reparo, el tránsito no es tan intenso porque hay muchos camiones que se desvían hacia Brasil por Paso de los Libres. Vamos atentos y bajamos de la ruta cuando se cruzan dos vehículos. El cielo sigue nublado pero no amenaza lluvia inminente. El día que amenazaba con ser muy difícil resulta bastante liviano. Cuando llegamos al desvío para ingresar a Yapeyú celebramos que nuestras preocupaciones hayan sido desmentidas. Nos sacamos los cascos y pedaleamos los kilómetros de ingreso al pueblo bebiéndonos el paisaje de bañados y selvas que orillan el Uruguay.

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