2 de abril de 2024, Parador en la ruta 3,
Chubut.
Escribo sentado en una mesa de madera, bajo
techo, en un parador detenido en el tiempo, en algún lugar de la ruta 3, entre
Puerto Madryn y Sierra Grande. El día está nublado e inhóspito, de a ratos
llueve y todo el tiempo sopla un norte insidioso, con rachas de ochenta
kilómetros por hora y con un pronóstico de más de cien para el anochecer. De
cómo vinimos a parar aquí y a conocer a Elsa, a Rogelio y a Héctor van estas
líneas.
En la última crónica escribía desde una
construcción abandonada, al parecer una estancia, que ahora usaban como campo
de paintball. Pasamos una buena noche allí y salimos temprano a pechar una ruta
3 cargada de camiones, con una banquina en muy mal estado y con subida y viento
en contra. Los primeros kilómetros fueron difíciles. Continuamos con el deporte
de subir y bajar de la ruta: Carmen delante, yo pegado detrás mirando para atrás
a cada rato. Desarrollamos un código propio con unas pocas palabras simples e
inconfundibles para comunicarnos: camión a lo lejos, auto, tranqui, atenta,
abajo o arriba. Vamos subiendo o bajando de la banquina cuando autos o camiones
se encuentran a nuestra altura. Ir subiendo y bajando de la ruta con esta
banquina en mal estado es cansador pero es mucho más seguro que no hacerlo.
Algunos camiones o autos frenan al pasarnos, otros nos tocan bocina
amistosamente para alentarnos, otros nos pasan rápido y cerca, como si no
existiéramos. En general los camiones tienen muy buena onda y parecen ser más
conscientes de lo que implica ir pedaleando con viento y subida. Después de un
par de horas de subida llegamos a una pampa y todo se hace más fácil, el viento
no está tan en contra, a veces de costado, la banquina mejora y el tráfico es
más distendido. Avanzamos más rápido. Nos llama la atención no ver ya guanacos.
Pasamos alguno que otro muerto en la banquina pero ya no se ven los grupos
numerosos que veíamos más al sur. El día está soleado y pedaleamos en calzas
cortas y camisa disfrutando el sol. El paisaje es de estepa, bastante más verde
que en Santa Cruz, de vez en cuando se ven lagartijas y a veces asoma el mar a
lo lejos. Es un buen día y disfrutamos la pedaleada. Tenemos agua y comida y
muchos kilómetros por hacer. No creemos que vayamos a llegar a ningún lugar
poblado hoy, vamos navegando inmensidades y hay algo relacionado con la palabra
libertad en pedalear estos espacios oceánicos con muy poca presencia humana.
Cuando empieza a caer el sol buscamos un lugar al costado de la ruta tras una
loma, armamos la carpa, cenamos algo temprano, vimos el sol ponerse al oeste y
nos metimos en la carpa. Inesperadamente encontramos un poco de señal y
hablamos con Gaston, nuestro amigazo benefactor de Comodoro Rivadavia. Nos dijo
que a eso de las seis de la mañana iba a pasar por donde estábamos acampando, que
iba para Madryn y si queríamos nos alcanzaba. Nos gustó la idea, pusimos el
despertador bien temprano y nos fuimos a dormir.
A las cuatro y media amanecimos,
desayunamos tranquilos, levantamos campamento y antes de las seis estábamos al
lado de la ruta con las bicis desarmadas. Subimos todos los bártulos a la
camioneta de Gastón y comenzamos y nos bebimos el camino entre conversa y sol
asomando desde el mar. En la entrada de Trelew nos bajamos, nos dimos un abrazo
y Gastón siguió viaje. Nosotros nos tomamos unos mates en una estación de
servicio y encaramos una ruta hermosa, entre quintas bordeadas de álamos y
atravesadas por acequias en dirección a Gaiman. Gaiman es un pueblo fundado por
migrantes galeses, muy presente en toda esta zona de la Patagonia. En el camino
nos cruzamos bastantes ciclistas y gente corriendo. Con uno de esos ciclistas,
que iba en nuestra dirección empezamos a conversar, él nos preguntaba del viaje
y nos contaba de Gaiman, su historia y su geología. Carlos trabaja de profesor
de literatura y tenemos charlas muy interesantes. Al rato de conversar y pasear
nos invita a pasar unos días a su casa, en Trelew. Nos miramos con Car y
decidimos que sí, que era una buena idea. Nos despedimos de Carlos acordando ir
para su casa por la tarde. Pasamos el día paseando por Gaiman y comiendo algo
en la costanera. Para volver a Trelew seguimos el consejo de Kavafis y tomamos
el camino más largo y más lindo.
“Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
…
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.”
Por la tarde llegamos a lo de Carlos que
resultó un excelente anfitrión: nos esperó con una comida, nos invitó a
quedarnos los días que quisiéramos, brindamos, nos reímos mucho, nos llevó a
pasear y conocer las playas de Rawson y nos hicimos amigos. Carlos pasó a ser
el Tío Carlos. Nos quedamos tres noches en su casa descansando, cocinando cosas
ricas y conversando.
El domingo 31 de marzo salimos, con día
radiante rumbo a Puerto Madryn. Carlos nos acompañó hasta la salida de la
ciudad y nos ayudó a arreglar una pinchadura en Ceferina, la bici de Carmen,
que, como caballo mañoso, se resistía a dejar las comodidades de una casa que
ya era querencia. Fuimos subiendo por la ruta hasta salir del valle en que está
Trelew, pedaleando entre gigantescos molinos de viento, una ruta amable, con
buena banquina, y un viento fresco pero no muy molesto. Si se reescribiera el
Quijote hoy, los molinos de viento serían estos modernos generadores eléctricos
que pueblan esta región de la estepa patagónica y Sancho y Quijote irían
montados en bicicletas, ajenos a la velocidad de los bólidos motorizados,
inventando un camino ensoñado. Nos sonreímos imaginándolos y llegamos a Madryn
en una tarde de sol y fin de semana largo. Nos vamos a pasear y almorzar por la
costanera mientras contactamos con Juli, una amiga de mi hermana, que nos va a
alojar en su casa. Madryn nos gusta, nos sentimos cómodos con estas dimensiones
humanas, con esta costanera dominguera, con el disfrute al sol. A la tarde nos
vamos para lo de Julia, que muy generosamente nos deja al cuidado de su casa y
sus gatas mientras se va a dormir a lo de su pareja. Cenamos algo temprano y
nos metemos en las bolsas de dormir ni bien se va el sol.
Al día siguiente, mirando el pronóstico y
los humores del dios viento, decidimos no entrar a la Península Valdés y seguir
rumbo al norte por la ruta 3. Se vienen varios días de viento furioso y
queremos aprovechar hoy para pedalear. Entre despedidas y compras y demoras
salimos tardísimo de Madryn. El día está soleado y disfrutamos la salida de la
ciudad, bordeando el mar, ascendiendo hacia la estepa. Hacemos un almuerzo
exquisito en una banquina, con una pasta fría con tomates, cebolla, ajo y
orégano. Una pareja frena en su auto y nos pregunta si tenemos algún problema.
No, estamos perfecto, les contestamos. Charlamos un poco y nos dicen que nos
van a seguir por el blog. Retomamos la ruta y vamos disfrutando el camino.
Apuramos un poco el paso porque queremos llegar a un parador que está a casi
cien kilómetros de Madryn. La ruta comienza complicada, con una banquina en mal
estado pero al rato mejora y vamos tranquilos por una banquina asfaltada. Los
autos nos arengan con bocinazos amistosos y vamos disfrutando el sol y el
viento fresco de través. Al rato el viento se presta, o sea, se pone más a
favor, y comenzamos a pedalear rápido, casi a treinta kilómetros por hora. No
nos preocupamos por llegar y pensamos que vamos a llegar sobrados de tiempo al
parador. Pero el dios viento es caprichoso y le gusta jugar con estos ciclistas
ensoñados: de un momento a otro rota en dirección y aumenta en intensidad, bien
fresco y bien de frente. Ahora pedaleamos con dificultad y apenas arañamos los
12 ó 13 kilómetros por hora. El sol va bajando y apuramos un poco el tranco
para llegar. Por la noche hay pronóstico de viento fuerte y preferimos estar a
reparo. Pero el viento no afloja y, ya en abril, el sol cae rápido. Pasadas las
siete de la tarde decidimos que es peligroso seguir por la falta de luz y
armamos la carpa a un costado de la ruta. Cenamos algo rápido y a las ocho ya
estamos acostados leyendo en la carpa. La noche no es mala a pesar del dios,
que sopla con ganas del norte, descansamos bien y dormimos más de ocho horas.
Al amanecer desayunamos algo y salimos
hacia el norte. El viento sopla con ganas y avanzamos lento. Vamos pegaditos,
uno detrás del otro. De ese modo, el que va detrás va más descansado. Hacemos
unos siete kilómetros, que parecen veinte o treinta, y llegamos al parador al
que queríamos llegar ayer. Entramos a tomar unos mates y comenzamos a conversar
con Elsa y Rogelio, una pareja que atienden el lugar hace muchos años. El lugar
es lindo, detenido en el tiempo. Ellos, con sus más de setenta años, se ocupan,
junto con Héctor de mantener el lugar y atender a los viajantes. Al rato de
conversar la vemos a Elsa que va y viene queriendo limpiar el tiraje de la
salamandra. Le ofrecemos ayuda y ella se niega pero algo que aprendemos en el
viaje, es que para ayudar a veces hay que insistir. Así que al rato estamos en
el techo pasándole una cadena a los caños de las estufas, sacando codos,
instalando sombreretes, desarmando y armando salamandras, barriendo o lavando
los platos. El tiempo está horrible, el dios está cada vez más furioso y
comienza a llover. Nos vamos quedando y el acuerdo se va dando solo, les damos
una mano con las cosas del lugar, nos invitan a comer y nos prestan un cuarto.
Así que ahora escribo, mirando la ruta por la ventana, mientras el viento juega
con la estepa y unos motociclistas que van hacia el norte entran al parador
agotados, buscando un refugio en que aguantar el rato.
Que tu viaje sea largo e interesante decía
Kavafis, y que coseches muchos amigos en la ruta, agregamos hoy nosotros.
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