7 de abril de 2024, Las Grutas, costa del mar patagónico

Escribo sentando a la orilla del mar, sobre un promontorio, una especie de acantilado de tosca muy bajo contra el que las olas de la marea alta vienen a romper. Es Domingo soleado y sin viento, algunas personas bajan a la orilla, pescadores, ciclistas, jubilados de vacaciones, un hombre flaco escribiendo.

Del parador de Elsa, Rogelio y Héctor nos costó irnos. En viaje vamos tejiendo algunas amistades intensas y en un tiempo muy breve. El camino nos llama y al mismo tiempo amenaza vulnerar esa trama de vínculos que vamos tejiendo en las paradas. Estamos de viaje, estamos de paso. Quizás sea una característica un poco más universal que la de Carmen e Ignacio en este momento, en estas circunstancias. A Haroldo Conti le gustaba retomar la idea clásica del Homo viator. No ya, como un viaje que se justifica por un destino, habitual estrategia de los dispositivos de la trascendencia que nos prometen un más allá que justifica los sufrimientos y privaciones del más acá. Sino como una celebración del viaje mismo, de estar acá, ahora, en movimiento. De salir al camino con coraje y al mismo tiempo con aceptación de lo que el camino traiga. Coraje, aceptación y confianza. Todo eso me hace pensar nuestra despedida del parador de Elsa que hicimos refugio.

La pedaleada a Sierra Grande estuvo acompañada por el dios patagónico, que se hacía sentir pero permitía pedalear. El paisaje fue cambiando, la estepa se fue ondulando y poblando de cerros, ya no vimos guanacos ni choiques, fueron apareciendo arbustos más verdes, algunos árboles. Llegamos a Sierra Grande, averiguamos en las estaciones de servicio de la ruta en cuál podíamos dormir y en cual podíamos bañarnos y nos fuimos a la plaza del pueblo a cocinar un almuerzo. Después de dar unas vueltas y pasar por el supermercado nos fuimos a bañar y luego a armar la carpa en una Ypf con una arboleda muy reparada, bancos y fogones. Con la cena cocinamos el almuerzo del día siguiente, práctica que nos está gustando para variar el menú de los almuerzos ruteros, más allá de los sánguches.

La noche fue ventosa pero descansamos muy bien. Amaneció soplando bastante más de lo que estaba pronosticado. Salimos a la ruta temprano, con ciertas dudas sobre cómo nos trataría el señor Oeste. Al principio el viento lo tuvimos justo de costado. Con el correr de los kilómetros y las horas, el viento borneó hacia el norte, pegándonos en un ángulo de cuarenta y cinco grados de nuestra frente, lo que en navegación se llama ceñida. El pedaleo se puso pesado y nos pusimos como objetivo, como zanahoria, una curva, la única curva que se veía en el mapa, que torcía la ruta hacia el Este y que prometía al menos tener un viento de costado otra vez. Por unos trabajosos treinta y pico de kilómetros tuvimos esa zanahoria. Al final llegamos al cartel de curva, lo celebramos y la pedaleada se puso más amable. Fuimos haciendo frenadas breves para comer y descansar, porque teníamos un día largo de pedaleada y los días ya son más cortos. En esta época a eso de las siete de la tarde ya no hay luz suficiente para pedalear seguros en las rutas. Unos kilómetros más adelante tuvimos otra curva hacia el Este y ahí sí que el viento se puso en popa, la ruta empezó a bajar y nuestras bicis se convirtieron en motos silenciosas. Los últimos kilómetros hasta Las Grutas los hicimos acompañados de Néstor, que andaba entrenando en una bici de ruta y nos fue contando de la vida en su tierra. Llegamos a lo de Otti con la última luz del sol con el cuerpo cansado y el corazón contento. Otti es un amigo de amigos, que se suma a la trama de amistades del camino. Esta red, estos vínculos, este país que vamos descubriendo y construyendo a ritmo de pedal, se viene a mi escritura con el ritmo de las olas que insisten, una y otra vez, mientras la marea va bajando.

 

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