22 de abril de 2024, Colonia San Martín de Tours

Escribo de noche, sentado junto a un pequeño fuego que hicimos en una parrilla dentro de un galpón del Club Social de la Colonia San Martín de Tours, un pueblo a la orilla de la ruta 33, unos quince kilómetros al norte de Tornquinst. En este momento ya no llueve, nuestras zapatillas y camperas se están secando sobre algunas sillas de plástico, la carpa está armada bajo techo, suena una música de guitarras en el altavoz del celular, ya es de noche, está fresco y tenemos un fuego.

En la última crónica me había quedado durmiendo en otro pueblo pequeño, Teniente Origone, así que retomo el relato desde allí. Amanecimos después de una buena noche con los gallos como despertador. Tomamos unos mates sin apuro y encaramos la ruta. El viento sudoeste del día anterior había rotado al noreste, así que lo tuvimos bastante de frente. Algo de justicia ciclometeorológica había en el asunto, porque el día anterior el dios nos había empujado todo el camino. Así que apechugamos y fuimos pechando el aire con una relación liviana de cambios y una velocidad de una persona a trote. Todo el paisaje es muy marítimo, no vemos el mar directamente, pero vemos los médanos, y con el correr de los kilómetros nos vamos adentrando en una zona de humedales, con juncales, espejos de agua y zonas anegadizas con mucha presencia de pájaros. A lo lejos vemos sierras y más cerca el polo industrial de Bahía Blanca, con sus torres industriales coronadas por un permanente humo grisáceo. La ruta gira hacia la derecha en un ángulo de noventa grados así que pasamos a tener el viento justo de través, ya no de costado. Al mismo tiempo, en la ruta 3 desagua otra ruta, creemos que es la 22, muy poblada de camiones que entran y salen de Bahía Blanca. Nosotros estamos a sotavento de los camiones, cada vez que pasa un camión, en cualquiera de las dos direcciones, empuja una masa de aire casi sólido que nos empuja o nos frena si es que va en nuestra dirección o en dirección contraria, pero en todos los casos nos desestabiliza. Por suerte hay una buena banquina, sino sería muy peligroso pedalear en estas condiciones. Así y todo tenemos que ir con mucha atención. El flujo de tránsito es casi constante, el aire es un río revuelto. Hacemos algunas paradas cuando nos cansamos para no perder concentración. Con la caída de la tarde llegamos a las afueras de Bahía Blanca y nos vamos a buscar una estación de servicio con duchas en la que nos permitan armar la carpa para pasar la noche. En el Aca, que tiene un bosquecito muy prometedor en el fondo, nos llevamos una desilusión con la mala actitud del encargado. Al preguntarle si podíamos pasar la noche allí nos responde muy cortante que de ninguna manera, que “esto es propiedad privada”. Nos vamos sin contestarle para no gastar pólvora en chimangos. Su actitud no condice con la tradición de los Aca y las Ypf que vamos encontrando en la ruta. Bastante cerca, encontramos otra estación de servicio, sin bosque, pero con muy buena onda, duchas calientes y un pequeño parche de pasto en la zona en el estacionamiento de los camiones, en la que armamos la carpa y tenemos una muy buena noche

Por la mañana desayunamos tranquilos mirando el río de camiones que entran y salen de Bahía Blanca. Mientras estamos sentados con un mate de por medio siento que estoy en casa, pienso que no podría estar mejor en otro lugar. Por momentos el camino nos enseña que nuestra casa está donde estamos parados, que no hay sitio otro al que llegar aunque el camino se despliegue y nunca se detenga.

A media mañana cruzamos la ciudad en dirección a Ingeniero White, el puerto y enclave de la industria petroquímica. Hay algo de los arrabales de los puertos que me resulta magnético. Algo me llama ahí, en ese ambiente orillero de culturas mezcladas y signos de marineros de paso. Nos gusta mucho la parte antigua de White, con sus casas de chapa, sus galpones ferroviarios, sus industrias a lo lejos, sus clubes de fútbol. Vamos al Museo Taller Ferrowhite, que funciona en “El Castillo”, una usina en desuso de una construcción descomunal para nuestras pampas, un castillo industrial con un dragón siendo atravesado un por la lanza de un San Jorge a caballo y una costa de juncos, arena y barro con un horizonte de muelles, barcos y chimeneas. En el lugar funciona un museo sobre los trabajadores del puerto y el tren y sus herramientas. Y funcionan talleres de carpintería, serigrafía, huerta y otras artes. Lo recorremos sin tiempo, porque el espacio está cerrado pero los trabajadores nos dejan pasar igual. Después nos vamos para el Museo del Puerto, una antigua casa de madera pintada de colores vivos con una historia viva del puerto, sus trabajadores, y los primeros pobladores que, cual resaca de sudeste, fue dejando el mar en estas orillas.

Por la tarde volvemos a cruzar la ciudad y nos vamos a lo de Javier, un amigo que se vino a vivir a estos lados, que nos recibe en su casa. Javi nos hace conocer un poco más la ciudad, sobre todo el circuito cultural. Nos llama mucho la atención “el galpón enciclopédico”, un galpón abarrotado de objetos antiguos que, deliciosamente ordenados, con una curadoría precisa y ácida, dan cuenta de relaciones nuevas entre los objetos, nuestra historia política, nuestra religiosidad popular y el sexo. Todo en un galpón, lleno de objetos, algunos hermosísimos, agrupados en relaciones inverosímiles que son todo un manifiesto. Nos pasamos la tarde tomando un té con masitas en una charla deliciosa con sus creadores y unos amigos que andan por ahí. De noche volvemos al Ferrowhite que hay lecturas de poesía, bandas en vivo y fogón y choriceada.

Al día siguiente arrancamos a pedalear recién al mediodía. Nuestro cuerpo va tomando ritmo de a poco, recuperándose del vino, la comida abundante y otras alegrías de Bahía Blanca. El día está soleado, sopla un viento moderado de través, hacia el este nos acompaña una escenografía de sierras, el campo es una paleta de verdes y amarillos. La ruta está bastante cargada de tráfico y está, o, siendo más precisos, estaba en construcción. Qué tristeza ver tantos espacios públicos de nuestra patria como las rutas, los trenes, las universidades, los hospitales, abandonados a su suerte. Cuándo la ilusión del yo me salvo sólo se convirtió en un sentido común tan extendido. Mientras charlamos estas cosas vamos pedaleando por las rutas a medio hacer que corren paralelas a la antigua ruta por la que transita el tráfico. Por tramos la ruta se corta abruptamente y tenemos que pedalear por la “ruta habilitada” con el tráfico, de a ratos volvemos a la ruta palela. Con el correr de los kilómetros ya no hay rutas en construcción, pedaleamos por la única ruta que, ahora, cuenta con una banquina que nos permite pedalear bastante a salvo del tráfico. Va cayendo la tarde y decidimos apurar el tranco, haciendo una parada muy breve para comer unos maníes, pasas de uva y caramelos para llegar con luz a una estación de servicio que está en la entrada de Tornquist. Desde laas rutas de Chile que aprendimos a usar un programita en el celular llamado iOverlander, que tiene comentarios de otros viajeros, sobre lugares en los que se puede dormir o cargar agua o pegarse una ducha. Es bastante útil para estas situaciones, para la noche y la mañana dan lluvia y preferimos llegar a algún lugar con algún tipo de refugio por si hay que esperar a que el tiempo mejore. Unos minutos antes de las seis llegamos a la estación de servicio, armamos la carpa y calentamos una comida que traíamos en un tupper desde Bahía Blanca. Cenamos con la última luz del día, con la vista del río de autos y camiones en dirección sur, entre un paisaje de sierras, campos trabajados y molinos de viento.

Pasamos una muy buena noche a pesar de la lluvia, que empieza a la madrugada y continúa durante la mañana. En algún momento que amaina levantamos campamento y desayunamos sin apuro. Pero la lluvia vuelve así que nos refugiamos bajo el techo de la estación de servicio. Pasado el mediodía el panorama se ve más claro y pronóstico augura un tiempo mejorando, así que salimos. Pero a los pocos kilómetros empieza a lloviznar primero y a llover con ganas al rato. No hay lugar en el que refugiarse así que seguimos mientas vamos sintiendo cómo nuestras zapatillas se van ensopando. Bajo una lluvia cerrada llegamos a Colonia San Martín Tours. Nos refugiamos bajo un techo, hacemos unos mates y decidimos buscar algún refugio para pasar la noche bajo techo y secar los bártulos y nuestros cuerpos. Después de preguntar un poco y romper los recelos del encargado del club, un paisano receloso de “los urbanitas” como nos llama, nos presta las llaves del club para pasar la noche. Nos secamos, almorzamos una comida caliente, vemos una película y escuchamos llover sobre un techo de chapa. En este momento ya no llueve más, se escucha la ruta a lo lejos, del fuego quedan unas brasas y la carpa está llamando para pasar la noche.

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