20 de abril de 2024, Bahía Blanca.

Escribo un sábado por la mañana en la mesada de una cocina, con un mate al lado y la casa silenciosa aún. Hace unos días que la Patagonia se fue convirtiendo en Pampa. Ese cambio lo vamos experimentando de un modo gradual y también significativo. A ritmo de bicicleta. Al mirar por la ventana el paisaje ya nos es más familiar, se parece más al ambiente en el que nacimos. Hay un sentimiento como de regreso al estar de nuevo en estos territorios. Aunque sabemos que todo regreso es una ilusión, que el río de la vida está en constante movimiento, que mejor hacer hogar y comunidad donde uno está que añorar tibiezas pasadas. Viajar es estar en disposición de viaje, más que estar en movimiento de traslación física. Estar en disposición de viaje es estar disponibles a lo que el momento y la situación requiera y ofrezca. Estar en disposición de viaje es enfrentar el día con el cuerpo liviano y el corazón atento.

En las últimas crónicas escribía sentado en una estación de servicio, viendo llover por la ventana con un pronóstico de temporal de lluvias intensas y alerta amarilla por viento. Habíamos querido salir a pedalear por la mañana, pero las lluvias se adelantaron. Así que después de pasar medio día leyendo, tomando mate, escribiendo y conversando en el refugio de la estación de servicio, encaramos los cinco kilómetros que nos separaban del pueblo para pasar la noche. Nos fuimos a un salón de fiestas, que nos había ofrecido el día anterior María Julia. Ya bajo techo secamos nuestras pilchas mojadas, extendimos carpa y equipo de campamento, hicimos un mate y recordamos que estábamos en casa. Pasamos una muy buena noche escuchando la música de la lluvia sobre el techo de chapa, agradeciendo el refugio.

Por la mañana el temporal seguía, el viento había arreciado, el pronóstico era de lluvia y temporal del sudoeste y el lugar en que estábamos lo teníamos que desocupar porque iba a haber una actividad social. Así que preguntamos un poco y conseguimos una habitación para alquilar. En las pocas cuadras que nos separaban de la habitación nos ensopamos con la lluvia. Pero no fue un problema porque teníamos calefacción, una ducha caliente y una cocina para preparar algo caliente. Entre otras cosas, vimos un poco de televisión y nos sorprendimos de la cantidad de anuncios de medicamentos, casi monopolizando todas las tandas. Por suerte en la televisión pública había un programa sobre el vínculo de un guardafauna de Puerto Madryn y con las orcas. Nos habían hablado de esa persona al pasar por Madryn. El resto de lo que pispeamos en canales de aire y de noticias era de una falta de imaginación criminal. El nivel de la conversación pública en nuestra patria está tomado por la lógica de lo peor de la redes sociales: una chatura estupidizante, un ánimo vigilante y egocéntrico, una polarización binaria entre slóganes que no dan cuenta de ninguna realidad, una ideologización neoliberal ramplona convertida en sentido común. Mejor seguimos con la bicicleta un rato.

Al día siguiente encaramos la ruta con la cola de un viento sudoeste que se llevó las nubes, trajo al sol y nos empujó todo el camino. En los campos aparecieron los ñandúes, que los paisanos llaman avestruces, vimos algunas mulitas, bastantes vacas y algunos caballos. Al rato de andar cruzamos el Río Colorado, así que salimos oficialmente de la Patagonia. Después de unos kilómetros entramos en una zona arenosa, con médanos cubiertos por pasturas, algunos árboles, algún médano descubierto y un horizonte de sierras hacia el Este. Después de unos cien kilómetros de pedaleo llegamos a Teniente Origone, un pueblo pequeño, con pocos habitantes desde que dejó de pasar el tren. Acampamos en la plaza del pueblo, que tiene unos baños públicos y unos fogones. Conversamos un poco con pobladores, un hombre nos regaló media docena de huevos de sus gallinas, hicimos alguna compra de víveres y cenamos unos huevos revueltos.

En este momento nos están invitando a dar unas vueltas por la noche de Bahía Blanca, así que dejo la escritura para otro momento.

 

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