15 de abril de 2024, Ruta 3, afueras de Villalonga

Escribo sentado en un modernísimo comedor de una estación de servicio, sobre la ruta 3, en la entrada de Villalonga. Por la ventana veo cómo llueve, suena una radio con temas clásicos y en un televisor juegan Capitán Sarmiento contra Lanús. Un grupo de varios hombres conversan en una mesa cercana. Parecen trabajar en el campo, parecen esperar que escampe el clima. Algunos camioneros nos comentaron que, con la lluvia, no pueden entrar a los campos a cargar las cosechas de cebolla. A la madrugada empezó a llover, decidimos no salir a pedalear, dormimos un poco más, nos vinimos al comedor de la estación de servicio, nos pusimos a leer y a escribir. Ayer tuvimos un día particular, con algunas roturas y reparaciones. De cómo llegamos hasta acá, a este día de lluvia mansa que atempera todas las urgencias, va este texto.

En las grutas nos quedamos varios días, comodísimos en la casa de Otti, a pocos metros del mar. Hicimos playa, nos metimos al mar, caminamos, descansamos del pedaleo, hicimos unos recambios de rayos en la rueda trasera de Atahualpa, en fin, disfrutamos. Me sorprendió la transparencia del mar en Las Grutas y también la temperatura del mar. Un mar ideal para nadar y bucear. Debe ser increíble recorrer estas playas, caletas y bahías patagónicas en un kayak o un pequeño velero con orza, durmiendo en las playas y desembarcando en parajes poco accesibles de otro modo. Quizás hay otro proyecto de viaje gestándose por ahí: empiezan como una semilla y después el tiempo y la imaginación va gestando un deseo que se va desplegando y sólo queda ser consecuente con él y acompañarlo.

Descansados salimos pedaleando un día de sol y aire fresco para el lado de San Antonio. Hay u alegría especial en volver a pedalear la ruta después de unos días de descanso. Es paradójico: por un lado nos cuesta arrancar y ponernos en modo cicloturista después de un buen descanso, sobre todo si estamos muy cómodos en algún lugar. Y por otro lado hay algo así como una amable urgencia por volver al pedaleo, y en el momento de retomar la ruta, el horizonte abierto y el sentimiento de que la suerte está echada a los designios del camino, una alegría parecida a la libertad.

Entramos a media mañana en San Antoni Oeste ánimo de turistas. Recorrimos el pueblo mirando las casitas, calles tranquilas, los tiempos largos, anduvimos por la costanera, nos tomamos unos mates junto al agua mansa y traslúcida y seguimos viaje. Pedaleamos unos kilómetros hasta la entrada de San Antonio Este. Mientas hacíamos un segundo desayuno con mate nos planteamos si entrar o no al pueblo, que está a unos treinta kilómetros de distancia de la ruta. Decidimos entrar y le metimos por la tranquilísima ruta de asfalto que nos llevó hasta una costa con dunas de arenas y playas amplias y desiertas de conchillas. Nos gustó mucho toda la costa hasta el puerto y pueblito de San Antoni Este. Conversamos con pescadores que tienen sus embarcaciones sobre trailers en la playa y se dedican, sobre todo, a la pesca del langostino. Almorzamos en un parador desierto y encaramos para el pueblo. Hicimos algunas compras, conversamos con pobladores locales y encaramos para Punta Perdices. Armamos la carpa a última hora, atentos a la tabla de marea y a las marcas de la última pleamar y nos metimos en carpa bajo un cielo que nos recordó que lo oceánico del mar es una imagen de un océano más grande, incomensurable para los ínfimos bichos que los humanos, en el que navegamos con rumbo desconocido. Carmen no durmió muy bien con tanto sentimiento marítimo, imaginando despertares bajo el agua. Yo soñé que navegaba y descansé muy bien.

Por la mañana Car no se sentía muy bien, así que nos demoramos en unos mates en el pueblo para ver qué hacíamos. A media mañana se había mejorado un poco y decidió pedalear, así que salimos la ruta con rumbo a Viedma y con la intención de dormir en algún lugar de la ruta y llegar al día siguiente. Aún estamos en la Patagonia y el dios se hace sentir, constante y en contra. Podemos pedalear pero implica más esfuerzo y una velocidad lenta. El camino va subiendo y bajando lomadas suaves, de lejos a la derecha de vez cuando aparecen los azules del mar, la ruta está bastante tranquila. Disfrutamos la ruta, el aire limpio y el sol. De vez en cuando ponemos música o vamos a la par conversando. A eso de las seis y media de la tarde empezamos a buscar un lugar en que acampar y pasar la noche. Elegimos una pampita a unos 20 metros de la ruta, junto al alambrado de un campo. Hay unos arbustos que nos esconden un poco de los vehículos que pasan por el camino. Como muchos arbustos espinosos, descargamos las bicicletas en la banquina, y transportamos equipaje y bicicletas al hombro para evitar pinchaduras. En un ratito tenemos la carpa armada y acompañamos el atardecer con una comida rápida y liviana. En general, cuando contamos que dormimos muchas veces junto a la ruta, apenas escondidos de los vehículos y transeúntes en “el medio de la nada”, nuestros interlocutores se sorprenden y nos preguntan si no tenemos miedo o si no es incómodo. La verdad es que dormimos muy bien en estos lugares, muchas veces mejor que en los pueblos o campings organizados, donde suele haber más ruido, pero además tenemos momentos mágicos, de horizontes amplios y pacíficos, como esta puesta de sol sobre la estepa.

Amanecimos con la luz, levantamos campamento y demoramos la salida con un desayuno. La ruta siguió subiendo y bajando, el viento ya no estaba en contra, la estepa continuó con sus arbustos y arbolitos bajos, algún sauce de vez en cuando y estancias de vez en vez. En algún momento, después de una lomada, el paisaje cambió completamente: de la estepa pasamos a unas llanuras verdes, con muchos cultivos, chacras y agua. Habíamos entrado en el valle del Río Negro. Canales y acequias cruzaban la ruta sembrando de verde el paisaje. Nos llamó mucho la atención lo radical del cambio. El ritmo de la bicicleta nos permite percibir mucho más de los paisajes, los matices en los olores, los cambios en la humedad, el temperamento de cada territorio. En una rotonda nos encontramos con dos cicloviajeros argentinos, Julián y Camila, que están recorriendo el país también. Seguramente nos volvamos a encontrar en la ruta más adelante. El ingreso a Viedma estaba bastante cargado de autos y no había banquina, así que activamos el mecanismo subir y bajar de la ruta. Por la tarde, a última hora llegamos a lo Ele, reencuentro, conversas, cocinar algo rico y brindar: algunos modos de la amistad.

Por la mañana nos fuimos paseando para Carmen de Patagones, a la casa de Celeste, con la que habíamos contactado por internet. Nos pasamos el día cocinando, haciéndole algunos arreglitos para bicicletas y descansando. Algunos paseos por la ciudad, que nos , resulta hermosa, muy habitable, disfrutable algunas compras y compartir una cena rica por la noche con nuestra anfitriona.

A media mañana salimos a la ruta. El viento soplaba intenso desde el mar y nos pegaba bien de costado. Al principio parecía neutro, pero al rato ya empezó a ponerse de frente. Nos fuimos empujando a Eolo, tarea imposible que nos recuerda al Sísifo de Camus hasta el pueblo de Stroeder. El paisaje nos hacía pensar que estamos en campos verdes de la provincia de Buenos Aires. De hecho estamos en la provincia de Buenos Aires y los campos están más cultivados, son más verdes, hay más humedad y una actividad agropecuaria más intensiva. Así que nuestra percepción coincide con las arbitrariedades de los mapas. Claro que todo esto del cambio de paisaje, es un proceso, quizás como todo en la vida, pero sucede que en un momento uno se da cuenta del cambio. El pueblo de Stroeder también nos gustó: sus fachadas, sus ritmos, sus casas bajas. Entramos a un pequeño almacén a comprar unos huevos y preguntar por un camping municipal en donde pasar la noche. Un hombre que entró al negocio después que nosotros, nos invitó a pasar la noche en su gomería, un lugar techado con baño, agua y un calentador. Así que lo seguimos y nos acomodamos en su taller, con la indicación de cerrar con llave al día siguiente y dejar las llaves en la estación de servicio del pueblo: “todos nos conocemos acá, es muy tranquilo el pueblo y nos manejamos así”. Pasamos una excelente noche en la gomería, armamos la carpa dentro del taller, cocinamos algo rico y dormimos unas diez horas casi de corrido.

Por la mañana salimos a la ruta tres, con el viento del mar, que seguía de través, aunque esta vez no en contra y, hasta, por momentos a favor. Habíamos hecho unos ágiles veinte kilómetros cuando escuché un clac fuerte en la rueda de atrás. Me bajé y confirmé que había roto un rayo. Seguimos pedaleando porque era un rayo que estaba del lado de los piñones y no lo podía cambiar en la ruta, hubiera necesitado un extractor de piñones. Al rato se quebró un segundo rayo y luego un tercero y un cuarto. La rueda se descentró tanto que tuve que soltar el freno trasero, que es del tipo v-brake. Seguimos bien lento, porque Atahualpa, mi bicicleta se bamboleaba  como si estuviera borracha y, entre el viento cruzado y la rueda medio loca, había que concentrarse para seguir en línea recta. A los pocos kilómetros llegamos a una estación de servicio situada en la entrada del pueblo de Villalonga. Era Domingo y no estábamos seguros de que hubiera una bicicletería en el pueblo, así que preguntamos un poco a las trabajadoras de la estación de servicio, conseguimos el número de teléfono de Hugo, el bicicletero del pueblo, con el que quedamos en encontrarnos después de la siesta a reparar la rueda.

Entramos al pueblo, conversamos con la gente, pasemos, almorzamos e hicimos tiempo en una plaza. Hugo volvió a radiar la rueda reemplazando todos los rayos con rayos nuevos y, ya caída la noche, nos fuimos a la estación de servicio a armar la carpa, bañarnos y dormir. Pasamos una buena noche y, como amaneció lloviendo, no nos apuramos en levantarnos ya que el pronóstico era de lluvia y tormentas fuertes por un par de días. Después de desayunar nos quedamos mirando llover desde la certidumbre del techo del comedor de la estación. Leemos y escribimos y dejamos el tiempo pasar. Viajar en bicicleta de este modo es un ejercicio constante de habitar la incertidumbre. O mejor, es un ejercicio de hacer refugios en la inmanencia, en el lenguaje de Deleuze, o como dice Juarroz: de habitar un vacío sin poblarlo de fantasmas. Estar siendo nomás, en el idioma de Kusch. Todo eso o, más simple: estar viendo llover sin saber qué va a ser de nosotros, más bien sabiendo que el suelo, ahora, es sólido.

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