lunes 4 de Marzo de 2024, San Sebastián, frontera argentino-chilena en Tierra del Fuego

Escribo sentado en el suelo en una sala de estar que ofrecen en la frontera argentina a quienes andamos en el camino. Es una sala con calefacción y cocina. Hay luz y una ducha caliente. Me acabo de pegar una ducha y mientras escribo me tomo de vez en cuando un mate que compartimos con Car, Juani y Simón. A Juani y Simón los conocimos en la fiesta del ovejero, en Cerro Sombrero, hace dos días. Andan viajando en bicicleta también, pegamos buena onda, ayer compartimos un refugio en la ruta, nos reímos mucho, compartimos la tarde, cocinamos y dormimos en el mismo refugio. Hoy coincidimos en la frontera y acá estamos tomando unos mates mientras escribo.

En la fiesta del ovejero estuvimos viendo unas competencias de arreo de ovejas con perros. Después hubo gran asado de cordero. Se asaron más de ochenta corderos y almorzamos más de mil trescientas personas mientras en el escenario había música y algunos bailaban en la pista. En algún momento, cuando los comensales se habían retirado, nos pasamos a la mesa de las autoridades y bajamos el cordero con unos vasos de tinto que habían quedado abandonados. Terminamos brindando con unos paisanos que estaban trabajando en la fiesta, a la salud de los ovejeros y los trabajadores y los biciviajeros. El viento no podía faltar a una fiesta patagónica, se presentó en modo de oeste furioso y había que atajar los platos para que no se volaran.

A la noche nos fuimos a dormir temprano, para amanecer antes que el dios viento y aprovechar la mañana. A eso de las tres de la mañana empezaron a llegar camionetas con música a todo volumen y nos cortaron el sueño. Sonaban chamamés, Gilda, Rodrigo y Cumbia mientras la temperatura bajaba bastante por abajo del cero. La música se cortó recién a eso de las ocho de la mañana, cuando llegaron los carabineros con cara de pocos amigos. Nosotros ya estábamos en la bicis, saliendo a la ruta.

El dios patagónico se hizo presente temprano y pechamos un viento intenso toda la mañana. Al principio la ruta era una recta en la pampa en dirección al viento. Íbamos atentos a cualquier cambio en la dirección de la ruta, esperando que girara un poco hacia la izquierda así el viento lo teníamos un poco más de costado. Cuando se ve el viento patagónico  de frente a una ruta que se pierde recta en el horizonte, la cuestión es descorazonadora. Pero al rato de pedalear, la ruta se fue internando en una zona con estribaciones que se convirtieron en colinas. La ruta empezó a serpentear, a subir y a bajar, y la elevaciones a veces nos ofrecían reparo. Todo eso empezó a hacer la pedaleada menos esforzada. Fuimos haciendo algunas paradas para comer algo o tomar un mate y descansar. Cuando habíamos hecho algo así como cincuenta kilómetros paramos en un refugio nuevito, una cabaña de chapa y madera pequeña, del estilo de las “tiny house” con cerramientos doble vidrio que nos protegían del frío y sobre todo del viento. Después de almorzar unos fideos empezamos a pensar en la posibilidad de quedarnos en el refugio y guardar energías para el día siguiente. Al rato llegaron Juani y Simón, hicimos unos mates, unos chapatis, empezamos a conversar y coincidimos en dormir ahí y arrancar al día siguiente.

Dormimos muy bien y tuvimos un cielo súper despejado. En las noches limpias de Tierra del Fuego uno navega en la vía láctea y recuerda que el tiempo humano no es el tiempo de esta porción de Universo que habitamos.

Esta mañana amanecimos con un día soleado, sin viento y un poco de escarcha. Al empezar a pedalear nos fuimos desabrigando. El viento, cuando empezó a soplar lo hizo desde nuestras espaldas, así que la marcha se hizo liviana y muy rápida. Tuvimos varias horas de esas pedaleadas en que nos bebemos el camino y el paisaje mientras celebramos esta bicimáquina que estamos siendo. En la frontera con Chile entramos a hacer los trámites con calor y viento a favor. Cuando salimos, hacía frío y el viento lo teníamos en contra. Sólo nos quedaban catorce quilómetros para San Sebastián, donde está la aduana argentina y el cuarto desde el que estoy escribiendo, en el que queríamos pasar la noche. Esos catorce quilómetros fueron duros, con un viento térmico que teníamos bien de frente. Ganamos cada quilómetro con esfuerzo, recordando que pedalear la Patagonia austral no es gratuito.

Estamos a la orilla del Atlántico, hoy lo vimos por la ventana. Mañana la ruta va bordeando el mar y el pronóstico es que al dios lo vamos a tener a favor. Nos ilusiona esta nueva región dentro de la isla, conociendo el mar austral y los bosques que dicen que ya van aparecer y los picos nevados que se ven a lo lejos, hacia el sur. Vamos hacia el sur, hacia lo abierto.

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