27 de marzo de 2024

Escribo sentado sobre una elevación, una pequeña colina, junto a la ruta tres, en el medio de la nada o, un poco más específicamente, en algún lugar de la estepa chubutense entre Comodoro Rivadavia y Trelew. El sol se acaba de esconder y el horizonte es un incendio de naranjas y rojos. Esta mañana encaramos la ruta descansados y con menos viento. La subida, con la ruta en mal estado y el tráfico intenso de camiones que salían de Comodoro Rivadavia fue exigente. Pero estábamos de buen ánimo y de a poco fuimos recorriendo los veinte kilómetros que nos faltaban hasta llegar al llano de la estepa. Ahí la cosa cambió, y, a pesar de que el tráfico siguió intenso y el juego de subir y bajar constante de la banquina no era muy divertido, disfrutamos mucho el camino, el sol y el viento amable de costado. Hicimos unos cien kilómetros sin mucho esfuerzo, intentando hablar con los camiones que nos cruzábamos detenidos para ver si nos acercaban hasta Trelew. Pero no tuvimos suerte. O quizás tuvimos otra suerte, la de un día soleado y una ruta que disfrutamos. Nos dijimos que a las seis de la tarde cortábamos y acampábamos donde viéramos un buen lugar. Estábamos provistos de comida y agua así que dormir en cualquier lado no era un problema. Al día siguiente probaríamos suerte con un camión en la estación de servicio de Garayalde, un paraje unos cincuenta kilómetros más adelante. Por ahora es este atardecer, este cielo marino despejado, el cuerpo alegre y cansado y la carpa ya armada.

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