26 de marzo de 2024

Escribo sentado dentro de la carpa con la última luz del día. Sopla un viento oeste intenso y arrachado que hace cantar a los álamos. De vez en cuando se escucha un camión que transita cauteloso por la cuesta de la ruta 3 que está a unos cincuenta metros. La carpa está armada dentro de una edificación en ruinas que nos ofrece reparo. Estamos en lo que parece haber sido el casco de una estancia y ahora, dicen, es un campo en el que se practica paintball. Cocinamos temprano, preparamos el desayuno de mañana, armamos la carpa y me puse a escribir, antes de acostarme.

Hace unas semanas escribía desde la orilla del estrecho de Magallanes. Hacía mucho frío y también soplaba un señor viento oeste. Ahora también escribo desde la orilla del mar, ahora Atlántico, unos kilómetros al norte de Comodoro Rivadavia. Ya no hace frío. Desde hace unos tres días pedaleamos en camisa y calzas cortas. El clima subpolar antártico ushuaiense ya es un recuerdo, casi lejano.

La mañana en que salimos del refugio a orillas del estrecho, pedaleamos con viento de través, frío y cuesta arriba hasta el puesto de la aduana. Al terminar los trámites, casi por salir, revisamos el pronóstico y nos sorprendimos con un viento favorable para todo el camino hasta Río Gallegos. Retomamos la ruta entusiasmados y recorrimos muy rápido los 60 kilómetros que nos restaban para llegar a la casa de Silvana. Los últimos pocos kilómetros la ruta giró hacia el oeste y le rendimos nuestros respetos al dios con un esfuerzo alegre. Fue una alegría reencontrarnos con Silvana, con Abel y con Claudia. Nos pegamos una ducha y nos fuimos a dormir temprano.

Al día siguiente salimos de la casa a media mañana, fuimos a hacer unas compras al supermercado, reparamos la primer pinchadura del viaje y pechamos un viento adverso hasta Guer Aike, donde hay un puesto de vialidad y nos habíamos propuesto pedir agua caliente para tomar unos mates y seguir viaje. Pero nosotros proponemos y el camino dispone. Y dispuso una serie de hechos afortunados. El primero fue conocer a Dogomar, el encargado del puesto en ese momento. Cuando le pedimos agua nos invitó a pasar y tomar unos mates. Era tarde y nos quedaba mucho camino por delante, pero le dijimos que sí porque se veía muy amable. Estuvimos un rato largo mateando mientras nos contaba de sus experiencias como soldado voluntario durante la guerra de Malvinas en un regimiento de frontera cerca de Río Turbio, en el marco de la escalada con Chile. No se explicaba el hambre y el frío innecesarios que los hicieron pasar junto con el maltrato por parte de los jefes del regimiento. Si hubieran entrado en combate lo habrían hecho cansados, mal alimentados y con el cuerpo a media máquina. Cuando decidimos retomar la ruta nos encontramos con un camión con un carretón vacío estacionado en la banquina, y con Gabriel, el conductor, que intentaba hacer funcionar su teléfono. Conversamos un poco y le preguntamos como quien no quiere la cosa si no iba para el norte y nos llevaba. Claro que sí, voy para Pidrabuena, fue su respuesta. Subimos a Atahualpa y Ceferina al tráiler, cargamos las alforjas en la cabina, y nos dispusimos a recorrer un tramo del camino de un modo nuevo. La conversa con Gabriel fue fluyendo por los rumbos de la vida del camionero patagónico, marinero de las rutas, que se pasa más de un mes lejos de su casa sin fecha cierta de regreso. Nos gustó conocerlo a Gabriel y nos gustó viajar en camión. Llegamos a última hora a una estación de servicio de Piedrabuena. Gabriel iba a pasar la noche ahí porque permiten circular ese tipo de remolques de noche. Nos pegamos una ducha, comimos algo y nos fuimos a dormir temprano. Por la mañana Gabriel seguía camino así que acordamos una hora para subirnos al camión.

Con el termo con agua caliente y unas medialunas para el conductor amigo nos subimos temprano al camión. La ruta desde la altura de la cabina del camión nos ofrecía una vista privilegiada. Conversando, mateando y mirando el paisaje se nos hizo rápido el tramo hasta San Julián. Gabriel seguía para Comodoro y nos ofreció llevarnos, pero decidimos bajar para conocer este puerto patagónico. Intercambiamos números de teléfono para estar en contacto, bajamos las bicis, las armamos, recolectamos un poco de ruculeta de unas matas junto a la ruta y nos metimos en el pueblo de San Julián. Se nos pasó la mitad del día paseando por la costanera, recorriendo las callecitas, visitando el museo, el cementerio -donde está la tumba de Maud Foster, famosa por haber echado de su prostíbulo a un batallón que había participado de los fusilamientos de los obreros huelguistas durante los sucesos de la Patagonia Rebelde, hicimos unas compras y nos fuimos pedaleando por una ruta de ripio que bordea el mar. Hicimos unos treinta kilómetros hacia el norte, costeando acantilados y playas hasta que cayó el sol y armamos la carpa en una playa solitaria, al reparo de unos acantilados y lejos del nivel de marea alto.

Tuvimos una noche muy tranquila y temprano, encaramos el tramo ripio que nos quedaba hasta el asfalto de la ruta 3. El día estaba hermoso, primaveral diría, si no estuviéramos en el abril del hemisferio sur. Disfrutamos mucho la pedaleada sin los dioses patagónicos, ni frío ni viento y le metimos unos 125 kilómetros hasta un paraje llamado Tres Cerros, donde además de tres pequeños cerros redondeados que se destacan sobre la estepa, hay una estación de servicio y parador para viajeros. Nos dimos una buena ducha, preparamos algo de cenar y acordamos con Cristian, otro camionero que tenía el remolque vacío, que un rato antes de las seis de la mañana nos arrimábamos a su camión para viajar con él.

El despertador sonó a las cuatro y media de la mañana, y tuvimos tiempo para desayunar tranquilos y desarmar el campamento. El viaje y la conversa con Cristian resultó tan disfrutable como con Gabriel. Cristian también estaba hace más de un mes sin ver a su familia y estaba ansioso por llegar a casa iba conduciendo para el lado de su casa, así que tenía ilusiones de que entre carga y descarga tuviera algunos días de reencuentro con la familia. Amaneció en la ruta, apareció el mar y entre después de Caleta Olivia empezamos a ver chorros de agua en el mar, que pensamos que eran de ballenas, pero nos dijeron que podían ser toninas también. Nos bajamos en una rotonda en la entrada de la ciudad y empezamos a pedalear una ruta muy cargada de tráfico de media mañana. Las entradas y las salidas de las ciudades grandes suelen ser complejas viajando en bici, y esta no fue una excepción. Al llegar al centro hicimos alguna compra y nos fuimos a la costanera a cocinar algo y pasar la siesta. Después de un guiso de cordero y un descanso retomamos la ruta por adentro de la ciudad, buscando alguna estación de servicio en las afueras de la ciudad en la que pasar la noche. Era el horario de la salida de los trabajos y la ruta estaba muy pesada. Nos llamó la atención la cantidad de autos que nos saludan tocando la bocina en modo de arenga. Un par de autos frenaron para preguntar si necesitábamos algo, y en una de esas ocasiones, un pibe nos invitó a dormir a su casa que estaba cerca. Nos miramos con Car y decidimos ir. Nos dio unas indicaciones y fuimos para allá. Gastón, el dueño de casa, resultó ser súper hospitalario y atento. En el camino a lo de Gastón otro chico, Walter, nos frenó y nos invitó a su casa también. No lo podíamos creer, nos emocionaba toda esa hospitalidad. Gastón vive en una finca con una vista increíble del mar y del atardecer sobre los cerros. Justo acababa de cerrar su casita, y estaba habitándola hace pocos meses. Tuvimos una puesta de sol increíble con unas cervezas y después una comida muy rica con unos vinos. Nos fuimos a dormir muy relajados y sin ninguna intención de levantarnos temprano. Cuando amanecimos, a eso de media mañana, Gaston nos llevó en su auto a conocer las playas cercanas, del norte de Comodoro, que nos gustaron mucho. Almorzamos algo rápido y salimos a la ruta sintiendo que todo estaba en orden, que estamos en un camino bueno. Para salir de Comodoro hacia el norte hay que subir varios kilómetros. El viento soplaba fuerte de frente y la ruta estaba bastante concurrida. Así que, con mucha paciencia, subiendo y bajando de la ruta cuando venían camiones o dos autos enfrentados, fuimos haciendo algunos kilómetros hacia el norte. En algún momento, entre el viento intenso, la subida, la ruta en mal estado y el ripio difícil de la banquina, nos tuvimos que bajar de las bicis y pechar la ruta caminando. Al rato, un poco caminando y un poco pedaleando, llegamos al destino que nos habíamos propuesto cuando la ruta se hizo difícil: las ruinas de una estancia que ahora se usaba como un campo de painball, en el que cocinamos algo, armamos la carpa y nos metimos ni bien se puso el sol

 

Comentarios

Entradas más populares de este blog