20 de marzo de 2024, Refugio en la ruta
Escribo sentado en un banco dentro de un
refugio mirando el estrecho de Magallanes. Estamos en la margen continental del
estrecho, cerca de la desembocadura en el Atlántico. Sopla un viento oeste
intenso, más de 25 nudos con rachas de 40. El refugio, una parada de colectivos
con diseño, doble vidrio y puerta que cierra bastante herméticamente, se sacude
levemente cuando el viento aumenta su intensidad. El día, que estaba nublado,
se despejó, y el mar brilla, orlado de festones de espuma blanca.
Hoy cruzamos el estrecho de Magallanes, hoy
terminó nuestro camino por la Tierra del Fuego. En la isla, al panteón de
nuestros dioses se sumaron nuevos integrantes: el espíritu del frío, el dios
del mar austral. Desde que cruzamos el paso Garibaldi, un paso de altura que
atraviesa la cordillera de los Andes fueguinos, la temperatura bajó y el dios
frío se hizo presente. En Ushuaia nos quedamos una semana. En estas tierras
australes, con la hostilidad del clima, se va tejiendo una red de complicidades
entre conocidos, amigos de amigos, hospedadores desinteresados de aplicaciones
de viajeros. Vamos quedándonos en casas de familias en las que nos sentimos
como en casa, que además de un techo y un ambiente calefaccionado, nos regalan
conversaciones, comidas compartidas, amistades. Se va armando un entramado que
nos sostiene en la intemperie austral. En Ushuaia nos quedamos en lo de Alito,
Ari e Imarai unos días. Otros días nos quedamos en lo de Patricia. Después, en
Tolhuin nos quedamos en lo de Nati, Ezequiel, Agustín, Camila y Juampi. En Río
Grande nos volvimos a quedar en lo de Marcos. En todas las casas nos sentimos
muy bien, muy a gusto. A todas las familias y personas las vamos a extrañar y a
recordar con cariño. A todas ellas nos gustaría recibirlas alguna vez en
nuestra casa.
En Ushuaia estuvimos recorriendo, a pie y
en bicicleta. Estuvimos rondando bastante el puerto deportivo, hablando con
capitanes de veleros a ver si conseguíamos alguno para navegar hacia el norte
como tripulantes. Ya la temporada antártica estaba terminando y quedaban
algunos barcos que aún no había zarpado hacia aguas más cálidas. Pero no
encontramos velero y el dios frío nos comenzó a apurar. Así que salimos hacia
Tolhuin un sábado frío, dispuestos a pedalear haciendo paradas cortas para no
perder la temperatura. En la cima del paso Garibaldi lo que parecía llovizna en
un principio se declaró aguanieve un rato después y nevada consolidada más
tarde. Apuramos el paso, bajamos el Garibaldi, salimos de debajo de las nubes
traicioneras y comenzamos a notar que las cumbres de los cerros estaban
blanqueándose. Llegamos a Tolhuin bastante descansados para haber pedaleado un
poco más de cien kilómetros, aunque con fresco. En Tolhuin, en la familia de
Nati y Ezequiel era noche de asado. Resultaron ser una familia experta en
asados, con nombre y todo: la tropilla fueguina, que compite como asadores en
torneos regionales. Esa noche se festejaba un reencuentro con Andrew, un gringo
de Minesotta que había llegado pedaleando hace unos catorce años y se había
quedado cuatro meses viviendo por ahí. Hubo guitarra, violín, vino y uno de los
mejores asados de los que tengamos memoria. Al día siguiente nos quedamos por
allí porque el pronóstico era horrible, viento fuerte y lluvia, que al final
resultó ser una nevada bastante abundante (al menos para nuestros criterios
subtropicales).
Salimos a la ruta el lunes por la mañana
bastante temprano. Al rato, a pesar de los guantes y los dos pares de medias,
teníamos las manos y los pies tan fríos que nos dolían. Íbamos parando de vez
en cuando para bajarnos de las bicis, moverlos y volver a entrar en calor. El
paisaje se fue transformando: desde las montañas hacia las colinas, la pampa y
finalmente el mar. Desde el bosque con arroyos y lagos a la estepa con
lagunitas y algún río meandroso. Al final del día, además del dios frío,
apareció el dios viento, bien de frente, así que los últimos kilómetros fueron
difíciles. Pero Marcos nos estaba esperando con un abrazo y la casa calentita,
así que después de tomarnos algo caliente ya estábamos renovados otra vez.
Coronamos el día compartiendo un guiso de lentejas y un vino.
El martes salimos bien temprano pedaleando
por la orilla del mar mientras el sol apenas se elevaba por sobre el horizonte.
El dios frío se hizo sentir enseguida, las manos y los pies dolían como si se
estuvieran congelando. Frenábamos de vez en cuando para moverlos y
desentumecerlos. Desarrollamos una prueba del nivel de entumecimiento de dedos:
ser capaz o no de abrir la envoltura de un caramelo. En un par de ocasiones no
lo pudimos hacer y tuvimos que ayudarnos con la boca. Los dedos, las manos,
eran muñones muy poco hábiles. Al salir de la ciudad notamos los charcos y las
zanjas congeladas. Y en alguna parada Car se dio cuenta que la botella que
lleva en el portaequipaje delantero de su bici se estaba congelando. Esa
botella la habíamos recargado por la mañana: no era solo sensación térmica de
cuerpos subtropicales, hacía frío. Después del mediodía, empezamos a entrar en
calor, sobre todo cuando el sol salió de detrás de unas nubes y brilló con
ganas. Tuvimos un momento mágico en una parada a la orilla del mar, con sol y
un mate caliente. A media tarde llegamos a San Sebastián, al puesto fronterizo
argentino, donde hay un refugio calefaccionado para viajeros, con ducha
caliente y cocina. Cuando estábamos calentando el guiso de lentejas que
veníamos saboreando en la imaginación desde hace varios kilómetros, llegaron
Juani y Simón, dos cicloviajeros amigos, con quienes habíamos coincidido en
este mismo refugio en el trayecto de ida hacia Ushuaia. Así que tuvimos noche
de reencuentro, historias y cena compartida.
La mañana de hoy miércoles, salimos cuando
abrió la oficina de migraciones, dispuestos a pedalear un primer tramo de la ruta
con un dios viento adverso. Hicimos la aduana argentina y pedaleamos los
catorce kilómetros hasta la aduana chilena con el dios que ya se estaba
haciendo notar. Los chicos nos recomendaron bolsas de plástico para reforzar el
abrigo de manos y pies y fue todo un descubrimiento, nos cambió la pedaleada,
haciéndola mucho más llevadera. Cuando habíamos terminado los trámites de
ingreso a Chile, vimos una camioneta utilitaria medio vacía y les preguntamos
si no nos llevaban tramo. Tuvimos suerte, efectivamente estaba bastante vacíay
no tenían problema en arrimarnos, así que nos subimos a la caja con las bicis e
hicimos ciento setenta kilómetros de viento sostenido adverso sentados comiendo
galletitas, conversando y dormitando. Cruzamos el Estrecho de Magallanes y nos
bajamos en un desvío de caminos, la camioneta seguía hacia Punta Arenas,
nosotros íbamos en dirección a Río Gallegos. La buena noticia es que en este
tramo al dios lo tuvimos a favor, así que pedaleamos muy rápido los veinticinco
kilómetros que nos separaban del último refugio sobre la ruta antes del puesto
de migraciones para volver a entrar a la Argentina.
Así que ahora escribo todo esto, mientras
el viento sigue cantando, las sombras se estiran y el mar va cambiando de
color. Esto de los dioses me hace pensar en el Hain, una ceremonia de
iniciación que realizaban los Selknam. Son muy conocidas las fotos de Gusinde,
en la que hombres Selknam aparecen desnudos con máscaras ceremoniales y los
cuerpos pintados. Si no las conocen, les recomiendo que las busquen. Esas
imágenes representan el modo en que los hombres representaban algunos espíritus
en un rito de iniciación para varones. El rito duraba semanas y hasta meses e
implicaba realizar varias pruebas difíciles. Al final del rito, cuando el varón
era iniciado, aceptado en la comunidad adulta, les espíritus se sacaban las
máscaras y se manifestaban como simples hombres mortales. Los jóvenes aprendían
que los espíritus eran su tío o un conocido, otro igual. Dice la mitología
Selknam que las mujeres eran poseedoras del secreto de la “representación de
los espíritus” y entonces tenían el poder sobrey los hombres. Hasta que los
hombres se dieron cuenta, mataron a las mujeres, dejando vivas a las niñas, que
desconocían el secreto, e imprimiendo un giro en la sociedad desde un
matriarcado hacia un patriarcado. El secreto es que el rey está desnudo, que
las mediaciones son engaños, que los representantes se representan, sobre todo,
así mismos. Una fuente de metáforas e ideas interesantes, no sólo para pensar
el viento, el frío y la vida en bicicleta sino también otros dioses: el Mercado
y la Pantalla. El modo de vida del animal que somos, humanos mediatizados del
sigo XXI, quizás se debe algún rito de iniciación que nos revele el engaño de
estas máscaras.
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