12 de marzo de 2024, Ushuaia, Tierra del
Fuego
Escribo sentado en una cama con colchón y
sábanas, son las siete de la mañana y el día en Ushuaia es todavía una promesa.
Es marzo y el otoño se va haciendo presente, los días son más cortos y las
temperaturas más frías. Para nosotros, que venimos de latitudes más cálidas,
casi demasiado frías. Desde que estamos en la isla de Tierra del Fuego dormimos
solo dos noches en nuestra carpa: las noches que pasamos en Cerro Sombrero, en
la fiesta del ovejero. La primer noche fue amablemente cálida. Durante la segunda
noche sopló un viento sudoeste helado, que hizo bajar mucho la temperatura y la
sensación térmica. Amaneció con una buena capa de escarcha y una temperatura
abajo del cero y nos dijimos: bienvenidos a la Tierra del Fuego.
Luego de esa noche, una red de
complicidades y solidaridades fueron tejiendo un camino de refugios de ruta,
casas de conocidos o amigos de amigos, casas de ciclista o alojamientos
gratuitos por redes sociales con espíritu de gratuidad. El territorio nos marca
el modo, ahora se trata de dormir bajo techo, siempre que se puede, y de hacer
nuevos amigos alrededor de una mesa.
De San Sebastián salimos temprano con
dirección a Río Grande. En el refugio de la Aduana argentina habíamos dormido
con otros tres ciclistas con los que vamos tejiendo una amistad: Juani y Simón
y el gringo Sebastián. Salimos pedaleando casi juntos y compartimos parte del
camino. El pronóstico de viento era favorable: la mayor parte del tiempo íbamos
a tener un viento de popa. Pero aquí los pronósticos están en el orden de los
deseos, así que no nos confiamos demasiado y salimos con religioso respeto, como
quien camina descalzo sobre un terreno desconocido. Los primeros kilómetros,
que tenían una dirección Este, hacia el mar, fueron duros porque el viento
estaba bastante de frente. Nos sirvió para que nuestros cuerpos entraran en
calor. Distinguimos dos modos de entrar en calor: uno es el de perder el frío,
es bien propio de la Patagonia, cuando a veces empezamos a pedalear con frío.
Implica ir sacándose, progresivamente, capas de abrigo, como gorros o cuellos polares o rompevientos y
guantes. Hay otro modo de entrar en calor, cuando los músculos se calientan
después de un rato de ejercicio. En la bici nos sucede después de un buen rato
de pedalear, un tiempo entre media hora y una hora. Es interesante distinguir
estos dos modos, nos permite entendernos y pensar mejor. En estos procesos
muchas veces nuestra mente lee erróneamente lo que nos pasa: por ejemplo, antes
de que los músculos entren en calor la pedaleada se hace pesada y empezamos a
pensar que hoy estamos particularmente cansados, o que la bicicleta está
frenada o que no vamos a poder. Cuando cruzamos el umbral de la entrada en
calor esos pensamientos se desvanecen y vamos ágiles y livianos. Nos resulta
útil recordarnos esta dinámica para acallar las voces negativas.
Al rato llegamos a la orilla del mar. El
océano atlántico austral. La ruta giró hacia el sur, corriendo paralela a la
costa. Empezamos a tener viento a favor y la pedaleada se alivianó y se
aceleró. Pedalear junto a estas costas tormentosas, con infinidades de
historias de naufragios, es mágico, magnético. Vamos disfrutando la ruta sin
poder creer del todo dónde estamos. Estepa, playas de canto rodado o de
acantilados, algunas elevaciones, guanacos, la cordillera fueguina que se
vislumbra lo lejos, soledad, viento. Vamos parando para tomar unos mates o
comer algo, conservando un ritmo de avance ligero y al mismo tiempo disfrutando
las vistas distintas que la ruta va abriendo.
A medida que llegamos a Río Grande la ruta
se va cargando y aparecen muchas construcciones industriales. En las afueras de
la ciudad nos comunicamos con Marcos, a quien contactamos por una red de
alojamientos, y frenamos a almorzar unos sánguches con mate. El viento se
intensificó, está helado, y la comida y la bebida calientes nos ayudan a
recuperar el calor. Hacemos los últimos kilómetros por una ciclovía conociendo
la ciudad. Río Grande nos gusta, tiene una escala humana, el centro tiene
muchos espacios públicos bien cuidados y la gente los usa. Cuando una ciudad
tiene buenos espacios públicos disponibles para todos nos empieza a caer bien.
Hay algo del orden la comunidad que se hace presente. Conocemos a Marcos que es
súper amable y divertido. Nos muestra su casa y nos permite quedarnos dos
noches, porque el pronóstico para el día siguiente es horrible: lluvia y un
dios enojado y de frente. Así que pasamos un día sin pedalear en su casa
descansando, caminando por la ciudad, yendo a museos y haciendo alguna compra
de alimentos para reponer las alforjas. En la ciudad está muy presente la
cuestión Malvinas, todos los 2 de abril se realiza una vigilia muy importante.
También está presente la herencia Selknam y el proceso de exterminio durante la
colonización de la isla. Conversamos mucho con Marcos y aprendemos un montón.
Salimos temprano a la ruta, siete y media
ya estamos pedaleando. Está frío pero la ruta es ágil, es un día despejado y el
sol comienza a aparecer, vamos entrando
en calor. Al salir de Río Grande cruzamos algunas estancias grandes y volvemos
a pedalear junto al mar. El paisaje es hermosísimo y lo disfrutamos mucho.
Vamos camino a Tolhuin, la última ciudad antes de Ushuaia. La ruta comienza a
separarse del mar, la estepa se empieza a poblar de pequeños árboles, arbustos
primero, que se van haciendo más y más grandes a medida que avanzamos, hasta
convertirse en bosques de lengas y ñires. La ruta comienza a subir y bajar y
aparece la cordillera fueguina con sus picos nevados. Al rato ya pedaleamos en
un paisaje de montaña, con bosques tupidos, arroyos de aguas rápidas y cerros y
montañas. El territorio es bien andino, la estepa es un recuerdo de otras
tierras. La pedaleada es bastante ágil aunque el tramo es largo, entre Río
Grande y Tolhuin hay un poco más de cien kilómetros. Nos cruzamos con algún
viajero en bici que va en la otra dirección y vamos atentos al tránsito,
bajando de la ruta cuando vienen camiones o coincidimos con autos que se cruzan
a nuestra altura. La ruta tiene una banquina de ripio en bastante buen estado y
no es muy problemático bajar. Vamos atentos, y el que va detrás va comunicando:
“atento, auto, camión lejos” o “abajo, arriba” cuando es hora de subir o bajar
de la ruta. A media tarde llegamos a Tolhuin, una ciudad pueblo de montaña a
orillas del Lago Fagnano. Tolhuin nos resulta muy simpática. Buscamos la
panadería La Unión, que funciona desde hace muchos años como casa de ciclistas:
tienen un lugar en un depósito calefaccionado con camas y duchas para quienes
andamos de viaje en bicicleta. Y además tienen unas facturas riquísimas y dispensadores
de agua caliente y yerba para sus clientes. En las bolsas tienen la cara de
Favaloro y en el salón de la panadería un escultor cordobés está realizando una
escultura sobre Malvinas. Realmente deben ser muy interesantes quienes llevan
adelante esta panadería, que ya es un ícono y una referencia obligada en el
camino de Río Grande a Ushuaia. En la panadería coincidimos con el gringo
Sebasatián, con el que salimos a pasear, compartimos unos mates y el espacio
para dormir. Nos duchamos, dormimos bien y al día siguiente salimos temprano,
en la que creemos que es la última jornada de pedaleo antes de Ushuaia. El fin
de esta primera etapa del viaje.
A las ocho ya estamos en la ruta, cargados
con agua caliente y facturas. Comenzamos a pedalear algunas cuestas que nos
ayudan a entrar en calor. La ruta va bordeando el lago Fagnano y nos ofrece
unos paisajes increíbles. Después de unas horas llegamos a las costas del lago
escondido y nos aproximamos al desafío de hoy, el paso Garibaldi. Nos vienen
hablando hace tiempo de este paso de montaña, en el que la temperatura
desciende mucho y a algunos ciclistas les ha nevado en el mes de noviembre. Hay
unos carteles que prometen “Ruta escénica del Fin del Mundo”. A pesar de lo
pomposo del anuncio, la descripción es muy precisa, la ruta se va elevando y se
ven lagos y montañas y picos escarpados por todas partes. La subida es gradual,
el sol caliente, pedaleamos en remera o camisa y disfrutamos mucho la subida.
Casi en la cumbre nos alcanza Sebastián, que además de traernos una toalla que
nos olvidamos, trae empanadas y sánguches de la panadería para el almuerzo. En
la cumbre frenamos en un mirador que tiene unas protecciones de vidrio para el
viento. Mientras acomodamos las bicis el viento empieza a soplar fuerte y frío.
Nos abrigamos bien y nos sentamos a almorzar con una vista tremenda.
Rápidamente nos enfriamos y cuando nos damos cuenta estamos sufriendo el frío.
Nos abrigamos todo lo que podemos, con el viento que nos castiga y nos hace la
tarea bastante dificultosa y salimos. Estamos en la cumbre, así que el camino
baja, vamos muy rápido, frenando, pero no entramos en calor. Comentamos que es
la primera vez que estamos deseando que las bajadas se conviertan en subidas.
Hacemos veinte kilómetros bastante rápido, el camino se aplana, comenzamos a
pedalear y vamos recuperando la temperatura. En el primer puesto de ruta que
vemos, pedimos agua caliente y el mate nos ayuda a entrar en calor. A media
tarde llegamos a Ushuaia. Nos sacamos una foto en el cartel de entrada a la
ciudad y nos miramos felices, celebrando el camino que nos trajo hasta acá. Es
el cierra de la primera etapa del viaje. Ahora proyectamos unos días de
descanso en Ushuaia, recorriendo la zona, visitando el muelle para hablar con
veleros y explorar la posibilidad de navegar hacia el norte, haciendo senderos
de montaña. Saber que llegamos bien hasta acá, en esta etapa exigente, nos da
un suelo firme sobre el que seguir caminando.
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