1 de marzo de 2024, Cerro Sombrero, Isla de Tierra del Fuego

Escribo en tierra Selknam, esta mañana cruzamos el estrecho de Magallanes, ya estamos en la tierra del fuego. Estoy sentado en una plaza en la que juegan dos niños. Una mujer joven los cuida. El día está nublado, de a ratos sale el sol, de a ratos llueve. Sopla un viento moderado y helado. Frente a mí hay unas colinas verdes, con algunas casas. A medida que nos fuimos acercando al estrecho de Magallanes la estepa se fue ondulando, poblando de colinas, y el paisaje comenzó a ponerse más verde. Ya en la isla aparecieron algunos arroyos y lagunas.

Ayer por la mañana salimos de Río. El pronóstico era bueno: no se veían vientos muy fuertes de proa. La pedaleada nos costó al comienzo. Estamos entendiendo que cuando nos quedamos unos días parados, el cuerpo tarda en entrar en calor al retomar el trabajo de biciviajeros. Fuimos saliendo de la zona urbana de Rio Gallegos y recuperamos la estepa, el horizonte abierto y la alegría de la ruta. Fuimos entrando en calor, haciendo kilómetros casi sin darnos cuenta. En algún momento en el que veníamos conversando Car se distrajo, mordió la banquina y terminó desparramada en el asfalto. Veníamos rápido y se pegó un buen golpe con raspaduras en la rodilla, lastimadura en la mano y dolores generales. Hicimos algunas curaciones en la banquina y seguimos camino. En las aduanas argentinas y chilenas había bastante gente y nos llevó un par de horas largas todo el trámite. En la frontera chilena nos comimos toda la fruta y verdura que pudimos, mientras conversábamos con el personal de la aduana que nos ofrecía manzanas y otras frutas que otros viajeros tenían que dejar en la frontera. Pasamos un buen rato y nos reímos bastante con ellos.

Después retomamos ruta, ya habíamos pedaleado unos 60 kilómetros y el viento se estaba haciendo notar, a veces de frente, a veces de costado. En algún momento nos encontramos con el primero de una serie de refugios que se encuentran bastante en estas rutas australes chilenas. Ya otros viajeros nos habían hablado de los refugios como un recurso muy útil para pasar noches frías, ventosos o lluviosas. El primero de los refugios se veía impecable: una construcción de madera y vidrio con un banco de madera y puertas y ventanas muy aisladas. El interior estaba calentito y limpio. Viendo que había otros refugios intercaladas más o menos cada diez o quince kilómetros, nos dijimos que íbamos a darle un poco más, hasta que nos cansemos y nos dieran ganas de parar. La pedaleada ya no era tan ágil porque el dios de la Patagonia se estaba haciendo notar, bien de frente. El siguiente refugio tenía la misma contrucción pero estaba muy sucio dentro, tenía olor a pis y no nos dieron ganas de frenar ahí. Así que pedaleamos al siguiente, que estaba aún más sucio que el anterior. Ya se iba haciendo de noche, la tarde estaba agradable a pesar del viento y no parecía que fuera a hacer frío así que decidimos buscar algún lugar junto a la ruta para poner la carpa. Encontramos una pampita de pasto, un poco reparada por una elevación de tierra y pusimos la carpa ahí. En el horizonte, bajo las nubes espesas, aparecieron los últimos rayos de sol iluminando las aguas del Estrecho de Magallanes que aparecían al sur. Algo en el aire trajo imágenes de hombres y mujeres cubiertos con pieles de guanacos, con sus arcos y flecuas, con sus fuegos, con sus historias. Comimos en silencio una pasta con huevos mientas sentíamos que estábamos en el lugar preciso. Pasamos una noche excelente, y confirmamos que, en general dormimos mejor en la ruta que en los lugares poblados.

Amanecimos temprano, desayunamos la clásica avena hidratada con semillas, sin frutas esta vez, porque habían quedado en la frontera, levantamos campamento y partimos hacia el mar. Antes de las nueve de la mañana estábamos en la costa, esperando el cruce de la barcaza, haciendo un segundo desayuno con mate y galletitas. Los trabajadores de la barcaza nos trataron muy bien. Nos hizo pensar que hay una especie de reconocimiento a los ciclistas en este territorio que se sabe hostil. En la ruta hay bastante ayuda para el viajero, sea ciclista o motorizado. Hay espacios públicos calefaccionados, refugios, estacionamientos. En la gente se ve una disposición a darle una mano al viajero. Lo hostil del clima se compensa con la gauchada de los fueguinos. Blain cuenta en sus crónicas que las estancias inglesas tomaron la costumbre de los tehuelches de hospedar al que anda de paso.

El paisaje es hermoso y vamos disfrutando cada tramo de esta ruta. Cruzamos arroyos, estancias con porte inglés, lagunas con patos y gansos, grupos de guanacos y ovejas intrigadas por nuestra presencia, algunas liebres que se van corriendo. El tránsito se presente de a rachas por la dinámica de la barcaza: de pronto vienen malones de camionetas y camiones y motos y autos que pasan saludando o no y de pronto la ruta vuelve a estar vacía y tenemos todo el camino para nosotros. Así se pasan los cuarenta y pocos kilómetros que nos separan de un pueblo llamado Cerro Sombrero al que entramos para conseguir algo de pan, verduras y frutas conque hacer un almuerzo rápido. Pero el camino tiene sus planes: parece que mañana sábado y pasado domingo se celebra la fiesta del ovejero, fecha en la que celebran la cultura del cuidador de ovejas. Hay asado de cordero gratis para todos, folklore, doma y encuentro. Varias personas nos invitan a quedarnos, nos indican un camping municipal con duchas calientes y fogones. Nos lo pensamos un rato mientras almorzamos pan con chicharrón con cebolla, pepinos y mate y decidimos quedarnos.

 

                                                            

Armamos la carpa en el camping, nos pegamos una de las mejores duchas de nuestras vidas, curioseamos un poco por la oficina de turismo, la gente va llegando, aparecen ponchos de lana, boinas, Chamamé, Shakira y Reggaetón y el pueblo se va despertando.

Estamos leyendo unas crónicas de Willliam Blain, un escocés que, a mediados de 1800 fue conchabado como peón ovejero para las “colonias del sur”. Se vino primero a Malvinas y después a Punta Arenas, Tierra del Fuego y Santa Cruz, siguiendo la ruta de colonización y exterminio que realizó el hombre blanco, sobre todo inglés, para con los pueblos que vivían en estas tierras. Mi bisabuelo, inglés, hizo un camino parecido, desde Malvinas al Continente a trabajar en estancias, creo que con ovejas también. Blain cuenta que en las estancias del sur había un sistema muy clasista y racista, rígidamente estratificado, donde los ingleses eran los capataces y ocupaban las casas centrales de las estancias y luego estaban los criollos, ocupando espacios comunes y trabajos más duros. A los selknam y tehuelches y Yámanas y otros pueblos los fueron corriendo, a veces cazando deliberadamente. El resto del trabajo de exterminio los hicieron las enfermedades. Conocido es el caso de Jeremy Button, que, con otros originaros fue capturado, “civilizado”, llevado a Inglaterra donde fue expuesto como un ejemplo de la posibilidad de salvar a esos pobres salvajes y luego de unos años devuelto a sus tierras del Sur. Esta historia no sería tan conocida si a Jemmy no le hubiera salido el indio de dentro, como diría Rodolfo Kusch y hubiera atacado una misión anglicana, matando a algunos blancos. Esto generó gran conmoción y a Jeremy y su grupo los fueron a buscar, los capturaron otra vez y los llevaron a Malvinas, donde fueron ejemplarmente ajusticiados.

Cuenta que Blain que en estas tierras los perros respondían en inglés, porque era el idioma que se hablaba. Toda esta zona era una colonia económica británica, no había necesidad de que fuera una colonia política formal. Todas estas historias se cruzan mientras el sol se va poniendo en Tierra del Fuego y la fiesta del ovejero va entrando en calor.

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