Lunes 19 de febrero de 2024, Chaltén, Santa
Cruz
Escribo a pie del Chaltén, la montaña
humeante en Aoniken. Hace unos días que estamos parando por aquí, con la carpa
en la hermosa casita de Facu, un amigo que vive en la montaña desde hace un
tiempo. Chaltén es un pueblito muy joven, que está emplazado en una confluencia
de lagos, ríos, montañas, senderos, glaciares. Es un paraíso para escaladores y
se está convirtiendo en uno de esos territorios colonizados por el turismo
internacional. Por todos lados hay turistas hablando en inglés y vestidos con
el uniforme internacional de viajero a la naturaleza. Estamos descansando,
comiendo rico, haciendo algunas caminatas, compartiendo con Facu. La estamos
pasando muy bien.
El
viento que nos trajo hasta aquí.
En la estepa santacruceña nos recibieron
los guanacos, los choiques, liebres, zorritos y el amo y señor de estas
tierras, un dios implacable al que empezamos respetando y ahora tememos: el
viento. En estas tierras casi deshabitadas por el animal humano, donde
pedaleamos kilómetros y kilómetros, a veces días y días sin ver más rastros
humanos que el asfalto, los vehículos que pasan por la ruta 40 y líneas de
alambrados hay un presencia constante, rotunda, insidiosa, indiferente a estos
ciclobichos que se desplazan o se detienen a su merced. Una presencia que puede
ser favorable o aciaga, como los hados, como el destino. Una presencia que,
aún, cuando materialmente está ausente, en nuestras cabezas, en nuestros deseos
y sobre todo, en nuestros miedo, es protagonista, pedaleemos rápido antes que
vuelva otra vez, nos decimos sin hablar. Aprendimos algunos códigos de respeto:
a este dios, como a todo verdadero dios, no le gusta ser nombrado. No hay más
que comentar: parece que está aflojando,
o se nos está prestando un poco más, quizás se pone a favor, o comentarios
por el estilo para que unas rachas furiosas a aparezcan para dificultarnos el
avance, para que nos bajemos y caminemos o directamente para que salgamos a
buscar refugio.
Como con todos los verdaderos dioses, la
voluntad nuestra, humana, insignificante, es un factor que incide muy poco
sobre el curso de los acontecimientos. Si planificamos llegar a Calafate o Río
Gallegos en tantos días, enseguida nos decimos, si el viento lo permite o si el
viento es favorable. Sabemos que si lo tenemos de atrás podemos recorrer cien
kilómetros con facilidad, descansados y que, si lo tenemos de frente diez
kilómetros son una odisea. Claro, siempre que no esté verdaderamente enojado.
En ese caso es difícil permanecer de pie, mantener el equilibro. Ayer hicimos
una caminata de algunas horas hasta una laguna y un glaciar y algo al dios no
le gustó. Al llegar estaba furioso, soplaba en unas rachas criminales, que
hacían volar pequeñas piedras que nos castigaban el cuerpo. Permanecimos un
instante en la laguna y pegamos la vuelta a refugiarnos en zonas más
guarecidas. Con el tiempo vamos a adquiriendo gestos, estrategias corporales,
para vivir en el viento. En estas tierras deshabitadas, el viento se va
convirtiendo en lo más real. El paisaje, la historia, los animales, los deseos
y la voluntad humana, todo se manifiesta humo, sustancia pasajera y provisoria
frente a lo único estable, lo que permanece, el artesano que talla estas
tierras con un tiempo que no es el nuestro, que hace y deshace, que está,
siempre está.
En estas tierras nos sentimos nómades,
trashumantes, en el linaje de los aoniken, los pampas, los tehuelches, y de los
pueblos de otras estepas y territorios abiertos, de desiertos y mares. Vamos,
con el viento, caminando.
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