estos días aprendimos a convivir con el viento (cuando no es arrasador) con actitud de niños: jugamos a pedalear, miramos el horizonte infinito de la estepa, la suavidad intraducible de la piel de una liebre atropellada, nos detenemos en la paleta ocre de la tierra, pero de fondo está la inquietud de saber que el juego se termina cuando empieza a soplar.
pedalear me/nos mantiene en un tiempo simultáneo. uno presente (de a rachas, como el viento pero no tan persistente) y otro en pasado que deviene en futurología. cuando duele el culo y se duermen las manos estoy ahí entera, pero después la cabeza se va enseguida del cuerpo y vaga entre canciones del grupo frontera y bud bunny y ahí aparecen las hermanas y los viajes con ellas, una comida rica en lo de los viejos, una siesta en casa y posibles proyectos para hacer durante el viaje y a la vuelta.
así al ritmo del pedaleo los kilómetros se hilvanan con el viento y con la idea de que nadie sabe lo que puede un cuerpo (un cuerpobici)

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