9 de febrero de 2024, campamento de vialidad, sobre la ruta 40 a 80 km al sur de Perito Moreno

 

Escribo mirando los cerros, mesetas y cañadones que, con la última luz del día, van adquiriendo texturas, volúmenes y colores distintos a los que tenían cuando reinaba el sol. Hoy salimos de la ciudad de Perito Moreno, sobre la ruta 40. Salimos tarde, nos tomamos un día de descanso en “El mini camping de don Raúl”. Raúl es todo un personaje y merece una crónica aparte. Digamos aquí que es un tipo muy sonriente y conversador, que hace tortas fritas que para los ciclistas es como el maná para el nómade pueblo de Israel y que es un descendiente no reconocido aún de Picasso. O al menos eso dice. Salimos tarde porque estábamos muy a gusto y Raúl y los compañeros de camino nos seguían dando conversa y tortas fritas mientras amenazábamos irnos. El día amaneció muy despejado y sin nada de viento, lo cual es todo un acontecimiento por estos parajes. La ruta fue amable, avanzamos bastante rápido y con poco esfuerzo por una cinta de asfalto que subía y bajaba suavemente entre ondulaciones, cerros, algún cañadón. Los guanacos nos miraban curiosos, como los ñandúes y, quizás, algún choique. Vimos liebres, caballos, vacas, chinchillas. Por alguno de esos cerros debía haber dos ojos de puma observando a dos animales velocípedos con colores vivos, pero nosotros no lo vimos. Pedalear esta pampa ondulada y casi desértica tiene algo de marítimo y, claramente, alimenta la idea de infinito. Sarmiento quería alambrar la pampa para que el gaucho se le fuera la idea de lo infinito, de lo desmesurado, de lo irremediable. Parcelar el territorio para que el paisaje nazca obreros industriosos, con la ilusión de un mundo manejable, asible. Pero aquí aún no ha llegado ese parcelamieto, todo es horizonte, es más allá, nos sentimos pequeños, de paso, en un tiempo que nos excede largamente, en un mar del que somos gotas.

Es muy notorio el contraste entre la Patagonia chilena y la argentina por estos lados. En un par de días pasamos del verde lujurioso, de la lluvia casi diaria, de los arroyos y ríos caudalosos en cada vuelta de la esquina, a un paisaje árido, con colinas suavizadas por un viento de milenios, con pequeños arroyos casi secos y con un viento constante, señor y dueño de estas tierras.

El día que cruzamos la frontera, desde Chile Chico a los Antiguos, soplaba un viento muy intenso. Al principio lo celebramos, porque lo teníamos de atrás, nuestros cuerpos bicicletas se transformaron en veleros e íbamos muy rápido casi sin pedalear. Llevábamos una velocidad constante de 30 kilómetros por hora o más sin esfuerzo y los kilómetros pasaban rapidísimo. El viento fue aumentando y la cosa se empezó a poner peliaguda. Sobre todo cuando el viento nos empezaba a pegar de través en las curvas. Nuestros cuerpos veleros escoraban y se iban de rumbo, nosotros adrizábamos y corregíamos con el timón manubrio. El viento fue aumentando, sobre todo en la orilla del lago Chelenko, que en aonikenk menta aguas tormentosas. Este lago también es conocido como General Carreras, del lado chileno y lago Buenos Aires del Argentino. La cosa es que se empezó a convertir en un desafío no tumbar con las bicis veleros. De hecho tuvimos algunos tumbos, así que bajamos la marcha y en partes, caminamos con dificultad. Creo que tomé dimensión del viento cuando apoyé la bicicleta en el suelo y fui caminando a un costado y tenía que mantener el equilibrio porque el viento me tiraba al suelo. Con dificultad, corriendo el temporal, con mucho cuidado y un poco estresados llegamos a Perito Moreno. El pueblo estaba guardado, todo el mundo hablaba del vientazo, del alerta amarillo que había emitido el servicio meteorológico. En el camping nos contaron que había volteado una casa rodante en la misma ruta que habíamos hecho. Parece que en las rachas el viento llegó a los 100 kilómetros por ahora. Bienvenidos a la Patagonia sur, nos habían advertido del viento, acá estamos conociéndonos. Mañana seguiremos hacia abajo Caracoles. Estamos adecuándonos a esta ruta de distancias larguísimas, con la dificultad de abastecerse de agua y la presencia constante del viento. Todo esto nos hace un poco más contemplativos, nos sentimos un poco más a la intemperie y soñamos con mares, con paisajes marcianos y con sensibilidad de lo infinito.

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