28 de febrero de 2024, Rio Gallegos

Escribo sentado en la mesa de la casa de Silvana, en Río Gallegos. Mientras escribo esto pienso cuándo será la última vez que escribí con una mesa y una silla, bajo un techo. Estos últimos días nos fueron alojando en diversas casas: en Chaltén en lo de Facu, en Calafate en lo de Isma y ahora aquí. Se van tejiendo redes de amistad y complicidad, son una parte muy importante del viaje, claro. Acá estamos recorriendo nuestro país, en este contexto de degradación, de incertidumbre, buscando esta palabra tan bastardeada: patria. Pedaleamos por paisajes inconmensurables, por pueblos llenos de vida y de cultura, por amistades y conversaciones y encuentros. Y esta palabra, patria, la tierra de nuestros antepasados, nuestra tierra, va adquiriendo rostros, marcas, historias. La abstracción suele ser enemiga de la vida, sobre todo cuando la ejerce el poder. ¿Qué decimos cuando decimos patria? La patria es el otro, no encuentro una formulación más precisa. Este rostro otro, estas marcas, estas historias. En tiempos de confusión el rostro del otro es una buena guía de acción.

 

Hace dos días que estamos en Gallegos. Nuestro plan era pasar sólo una noche en lo de Silvana. Teníamos un pronóstico de viento favorable para seguir hacia el sur, el martes preparamos las bicis temprano y salimos a la calle. Pero la bici de Car se negó a moverse. Algún problema en el casette hacía que no traccionara la cadena. Estuvimos dando vueltas por varias bicicleterías hasta dar con un mecánico de bicis que la arregló. Pero en eso se nos fue todo el día. Para hoy miércoles el pronóstico del dios viento era muy desfavorable: fuerte de casi de frente. Sabíamos que iba a ser muy my duro hacer los 70 kilómetros hasta la frontera con Chile con ese panorama. Así que acordamos con Silvana quedarnos una noche más. Estamos descansando, cocinando rico, dándonos duchas calientes, lavando ropa. En lo de Silvana formamos una pequeña comunidad porque, además de nosotros, se está quedando una pareja amiga de Silvana que estaba con un problema habitacional. Así que compartimos cenas de conversaciones y lindos encuentros. Hoy aprovechamos para hacer unos trabajitos en la casa a modo de intercambio por la amabilidad en recibirnos, y además hacerles unos mimos a nuestras bicis, carpa y equipo de cocina. Y ahora me siento a escribir en una mesa, con una silla, y el cuerpo recuerda gestos de una vida menos nómade.

En Calafate la pasamos muy bien. Nos quedamos en lo de Isma, a quien no conocíamos pero fuimos recomendados por el amigazo Facu. Isma está en las etapas finales de la construcción de su casa, en las faldas de las lomadas, con vista al lago y a montañas de fondo. Isma nos recibió con la amabilidad y la disposición de quien sabe andar de camino, de estar en la ruta. Nos fuimos a conocer el famoso glaciar, dentro del Parque Nacional. Más allá de la abrumadora presencia del turismo internacional, que en general nos abruma y nos apesadumbra, la experiencia de estar en contacto con la inmensidad del Glaciar, atisbar ese mundo otro que es el de los hielos continentales, nos pone en un estado de contemplación alegre. Estos días estamos leyendo las crónicas de Shackleton sobre su accidentada expedición antártica. Hay todo un mundo ahí que desconocemos: en el hielo, en la Antártida, en las montañas australes. Qué hermoso y qué liberador descubrir que hay mundos que no conocemos. Viajar como una forma de estar de paso, de recordar que estamos en camino, y que hay muchos mundos.

Los días de ruta entre Calafate y Gallegos los disfrutamos mucho. Pedaleamos distancias largas, entre 90 y 120 kilómetros por día. Los horizontes son abiertos, atravesamos una meseta de altura, tenemos vistas increíbles de la cordillera, del lago Argentino y del río Santa Cruz. Los amaneceres y los atardeceres son únicos, navegamos en la luz y los cielos. Carmen dice que en este territorio el cielo parece tener más consistencia que la tierra.

En estos trayectos largos salimos bien provistos de agua y comida. Cada territorio configura un modo de viajar en bicicleta. Por estos lados implica estar atentos al dios viento, a las distancias largas, a la dificultad de conseguir agua. Eolo nos trata con cierta indiferencia aunque en la llegada a Gallegos se hace presente, intenso y de frente. Habíamos calculado que en este trayecto lo íbamos a tener más bien a favor, pero un dios es un dios, y hace ejercer su libertad y su potencia.

Dormimos una noche en un puesto vialidad y nos encontramos con otro cicloviajero, Yoni, español. Otra noche dormimos junto a una laguna con flamencos rosados y ovejas y unos gatitos cachorros que se acercan a curiosear mientras cocinamos.

En todo este trayecto disfrutamos mucho la ruta. El Domingo a mediodía se empieza a cargar con tránsito que viene de Calafate. Resulta que estos días hubieron fechas de carreras de autos. Se ve que las carreras terminaron y comienza la estampida de regreso, pasan muchos amantes de los fierros y la velocidad. Algunos se ve que vienen entusiasmados con esto de ir rápido y van a todo máquina, haciendo mucho ruido con sus escapes preparados y, a veces. Éste es otro mundo que desconocemos: al salir de Calafate pasamos por el autódromo y toda esa cultura como quien pasa por un país ajeno. Cuántos mundos que hay en un mundo pensamos, mientras subimos y bajamos de la ruta cuando el tránsito se pone pesado. Cuando algún auto o camión nos hace un fino dejamos la contemplación y largamos alguna puteada que escuchan, pensativos, los guanacos. Qué bichos extraños los humanos, qué pastos buscarán al moverse de acá para allá con tanto apuro parecen decir, en su patagónica indiferencia.

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