21 de febrero de 2024, Ruta 40 y Río Santa Cruz, Provincia de Santa Cruz

 

Escribo sentado en la carpa. Hoy paramos junto al río Santa cruz, cerca de la ruta 40. Pusimos la carpa al reparo de una construcción abandonada. Llegamos a eso de las cinco de la tarde, juntamos un poco de leña y cocinamos la cena. Al rato estábamos disfrutando un arroz al curry con unos huevos revueltos con cebolla. De postre nos tomamos un café de higo y unas cucharadas de dulce de leche. Hoy tuvimos una ruta hermosa: salimos del refugio que está sobre la ruta 40, en la entrada del Chaltén, y pedaleamos unos 89 kilómetros por una ruta serpenteante, subiendo y bajando mesetas, hasta este lugar, unos pocos kilómetros antes de la ruta que entra al Calafate. Salimos a la ruta temprano, a eso de las 8, entusiasmados con que el dios Eolo no se había hecho presente. Al menos no de cuerpo presente, porque estaba en nuestros pensamientos y sobre todo, en nuestros temores. Pero estuvo magnánimo y nos dio unas dos o tres horas de descanso. Después empezó a despertarse de a poco hasta materializarse en un viento fresco y arrachado. En la ruta de hoy tuvimos mucha agua, primero el lago Viedma, enorme, con la cordillera y el cerro Chaltén de fondo. Después el Río La Leona, que bordeamos por unos buenos kilómetros, yendo agua abajo. El Lago Argentino con sus turquesas y las montañas y la ciudad del Calafate a lo lejos. Y ahora el río Santa Cruz, que corre con fuerza hacia el mar. El viento en parte estuvo de través, justo por nuestro estribor, en parte de frente, más bien de ceñida y en parte de atrás, más bien por la aleta. La ruta subía y bajaba cerros y mesetas. Así que con las subidas y las bajadas y el viento a favor o en contra la ruta fue muy variada, con distintos ritmos de pedaleo. Además tuvimos las 4 estaciones, abrigándonos y desabrigándonos según saliera el sol o cayera una fina llovizna o aumentara el viento mientras se nublaba y luego salía el sol otra vez, etcétera. Así, bien patagónico. En un edificio de vialidad, un trabajador nos convidó agua para el mate así que almorzamos un clásico de la casa: sánguches de verdura, aceite con ajo y sal con un mate caliente. Disfrutamos los kilómetros y nos sorprendimos de que los hiciéramos con relativa facilidad con la presencia del dios patagónico. Ayer, para salir de Chaltén hasta la ruta 40,pedaleamos unos noventa kilómetros con viento de popa, así que los hicimos rapidísimo y con poco esfuerzo. No salimos muy temprano, y a eso de las dos o tres de la tarde ya estábamos, fresquitos, en la intersección con la ruta 40, almorzando unos sánguches. Pensamos en seguir pedaleando pero la ruta giraba unos noventa grados, el viento ya estaba intenso, y nos iba a ser muy difícil avanzar. Más vale descansar y salir temprano, nos dijimos, no tiene sentido pelearle al señor de las pampas cuando está envalentonado, no hay quién lo ataje. En este momento estamos haciendo una estrategia paparecida: en vez de tomar la ruta hacia Calafate, en la que tendríamos el viento de proa, nos quedamos sobre la 40, descansamos bien, y mañana la encaramos temprano, cuando es más probable que el señor ande por otros lados. Esto dicho con religioso respeto, claro, no vaya a ser que, una vez más, quiera hacernos saber de su libre albedrío y amanezca enojado y del oeste.

Vamos a Calafate, a ver si podemos conocer el glaciar Perito Moreno. Vamos a tirar la carpa a la casa de un amigo de Facu. La idea después es rumbear para Río Gallegos y Ushuaia. Esa ruta, tiene una dirección general sudeste, a veces más hacia el sur y a veces más hacia el Este. Esperamos en esa ruta no tener tanto viento de frente, y hasta tenerlo un poco a favor. Los ciclistas que vienen de Ushuaia confirman nuestras previsiones. Veremos qué pasa. Ushuaia ya está cerca. Yo ya no estoy apurado para que no nos agarre el comienzo del invierno por allá. Sabemos ahora que, a fines de febrero o comienzos de marzo vamos a andar por ahí. Y un poco va a ser el final de esta primera etapa del viaje, Bariloche-sur de Chile-Ushuaia. Saber de ese final más o menos pronto me hace demorarme más, disfrutar más el camino. Me gusta esta sensación, este ritmo, esta disposición al disfrute del camino más que la premura por llegar. Anoche, en el refugio, dormimos varios cicloviajeros: Néstor, un hombre de unos sesenta años, argentino, medio artesano, buscavidas, muy macanudo. Una pareja de holandeses que se ve que se casaron hace poco y salieron a recorrer América desde Ushuaia hasta Canadá. Viajan con unas bicicletas y unos equipos de cámping que son del futuro,  con muchas cosas sofisticadas que no sabía que existían. Hasta cepillos de dientes eléctricos tenían. Mientras se lavaban los dientes yo me preguntaba cómo cargarían las baterías. Seguramente sus bicis tendrían esas masas dínamo de bajo rozamiento que cargan por puerto USB. Y también estaba un pibe argentino, Roberto, que se había tomado un año, como nosotros, y andaba dándole una vuelta a Argentina, contorneando el país. Roberto estaba bien equipado, con cosas muy modernas y minimalistas, y tenía bastante pensado su itinerario. El encuentro fue lindo. Y lo cuento porque muestra un poco la heterogeneidad que hay en el mundo de los cicloviajeros. Nosotros nos sentimos un poco más cerca del espíritu de  Néstor, que, cuando todos se habían ido ya, se quedó en el refugio solo, cosiendo unas pulseras de macramé, diciendo que iba a salir un poco más tarde porque no quería llegar demasiado temprano.

 Néstor va sin apuro haciendo la 40 hacia el norte. Va hacia Colombia con la idea de volver por Brasil. Salió de su pueblo, en la bahía de San Blas, bajó por la ruta 3 hasta Ushuaia y ahora anda por acá. Dice que ahora que está más viejo está más vago para cocinarse, que se hace sopas y que le esquiva a la lluvia. Ya no me mojo más dice. Se ve que Néstor disfruta el camino y anda sin apuro. Todo eso, quizás, sea una cierta sabiduría de caminante.


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