2 de febrero de 2024, costa de río, unos kilómetros al sur de Villa Manihuales

Hace un par de días que la Patagonia chilena está haciendo honor a su fama de llovedora. Hoy en un momento de la pedaleada diluvió. Nos empapamos. Cuando dejó de llover empezó a soplar un viento muy intenso que, en la mayoría del camino, tuvimos a favor. Cuando el viento se atravesaba a nuestra ruta teníamos que prestar mucha atención para mantener el equilibrio. Y en los pocos momentos en que lo tuvimos en contra fue muy difícil pedalear. Además de lluvia intensa, tuvimos varias lluvias finas, garúas, ratos de sol y bastante viento. Alguna vez escuché que en Tierra del Fuego uno experimenta las cuatro estaciones a lo largo del día. Aquí parece ser igual. Antes de ayer amaneció lloviendo. Nos resistimos a salir de la carpa y nos quedamos guardados leyendo, charlando y comiendo hasta pasado el mediodía. Cuando aflojó la lluvia levantamos campamento. A las 4 ya estábamos en la ruta. Tuvimos una pedaleada deliciosa, por momentos con lloviznas, entre picos nevados, lagunas, ríos de montaña y una selva valdiviana exuberante. Llegamos a Puyuhuapi, un pueblo costero, en un fiordo, con bastante lluvia. Fuimos a golpearle la puerta a un hombre que habíamos conocido y nos había invitado pero no lo encontramos. Para ese entonces ya llovía de modo consistente. Probamos con pedir alojamiento en los bomberos, una práctica muy habitual entre los cicloviajeros de Sudamérica, pero no había nadie en el destacamento. Así que nos fuimos hacia un camping que parecía simpático a ver si nos alcanzaban los pesos chilenos que nos quedaban. Nos recibió Lorenzo, un señor de unos 60 años, nacido en el pueblo, muy simpático. Nos encendió una cocina económica que nos secó la ropa y el espíritu. Al rato teníamos una pava para el mate sobre el fuego y una olla con uno de los mejores guisos del mundo. Nos dimos la primer ducha caliente del viaje.

Al día siguiente partimos aunque lloviznaba, habíamos escuchado un pronóstico de que toda la semana iba a ser así. Además, cuando le preguntamos a los lugareños, dan la lluvia por sentado, como en otros lados damos el sol por supuesto. Aquí pareciera que, el día que no lluve, es una excepción. La ruta va bordeando la costa del mar, sobre el fiordo. En el mar juegan unas toninas. De fondo hay picos nevados. Bordeamos caletas, cruzamos innumerables arroyos de montaña, vemos cómo se desprenden en cataratas desde las alturas, a veces desde glaciares colgantes. Al rato la ruta se hace de ripio, se acaracola y empieza a subir. Es la cuesta Queulat, de la que ya nos habían previsto los pobladores: un caracol de 5 km de subida abrupta. En parte pedaleamos y en parte empujamos las bicis caminando. El ripio está bastante suelto, nos impresiona cómo hacen los camiones con acoplado para subir o bajar la cuesta. Nos lleva un par de horas largas subir. Nos vamos metiendo entre las nubes, y lo que en principio era humedad ahora es una lluvia declarada. El esfuerzo físico nos mantiene en calor. Al final llegamos a la cumbre. El camino se hace asfaltado. Nos frenamos a un costado del camino, en un mirador. La vegetación es impresionante: una selva con mil tonos de verde y muchas flores. Un ecosistema muy diverso, con humedales de altura impresionantes. Nos gusta descubrir que aquí hay margaritas de bañado, llantén y junco, como en casa. Mientras los turistas motorizados pasan de largo o bajan unos instantes para sacarse una foto con el glaciar y las cascadas de fondo, nosotros calentamos agua bajo un árbol con el calendar casero a alcohol, mientras cebamos el mate y hacemos unos sánguches. Comemos bajo la lluvia. El mate nos devuelve el alma al cuerpo. Nos abrigamos bien, subimos a las bicis y empezamos a bajar. La ruta asfaltada baja en caracol. La lluvia sigue, las bicicletas quieren ir a toda velocidad, el asfalto está mojado, vamos frenando para no pasar los 60 km/h. En las curvas cerradas el asfalto está pintado de rojo y tiene otro material, más adherente. Bajamos en un ratito de vértigo lo que nos costó horas de esfuerzo subir. La ruta se va nivelando y comienza a bordear un río. Pedaleamos unas horas más, hasta que nos cansamos y decidimos buscar un lugar para acampar. No es tan fácil, en esta zona de Chile todo está alambrado, hasta las costas de los ríos. Con las bicis cargadas nos cuesta pasar alambrados, así que ni lo consideramos. Cargamos agua en un arroyo para pasar la noche en el primer lugar que encontremos. Al final encontramos un buen lugar, encendemos un fuego, hacemos un café y la cena y nos vamos a dormir. Durante la noche llueve de modo intermitente pero dormimos bien, con el cuerpo amansado por los setenta y pico de kilómetros que hicimos, cuesta de Queulat incluída. Hoy amacimos con llovizna, desayunamos unos mates con avena y frutas y salimos a la ruta. La lluvia de ratos se intensificaba y de a ratos paraba. En un pueblo compramos pan, un paté y cargamos agua caliente en el termo. El camino es hermosísimo, bordea un arroyo importante, de a ratos pasamos lagunas, las montañas señorean el territorio. Me siento muy pequeño pedaleando a la intemperie estas vastedades. Me gusta esa sensación. En un lago que nos gusta frenamos a tomarnos unos mates con pan casero. Cuando nos instalamos la lluvia se intensifica. No tenemos lugar en el que refugiarnos, los árboles ya no paran el diluvio. Así que seguimos pedaleando. EL camino es amable, va bajando de a poco, el viento lo tenemos en popa, así que llevamos una buena velocidad. Pero el agua nos va ensopando, filtrándose en las zapatillas, en el cuello de las camperas, ensopando los guantes. Nos mantenemos en movimiento por el calor que generamos al pedalear. Un poco celebramos las cuestas, porque el esfuerzo físico y la baja velocidad nos mantiene más templados. Frenar no es una opción salvo que encontremos algún refugio calefaccionado. Pero esta zona es muy rural, casi no hay casas. Al rato deja de llover y sale el sol. Al rato estamos pedaleando en ojotas, con las medias, las zapatillas y las camperas colgando sobre los portaequipajes. Nos reímos nuestra pinta, muy lejana al look de ciclista europeo: minimalista, súper eficiente, elegante.

Unas horas más tarde llegamos a un pueblo grande, Villa Mañihuales, compramos algunas provisiones, conversamos con algunos vecinos, llenamos el termo de agua caliente y salimos a la ruta otra vez con lluvia. Hacemos uno kilómetros y empezamos a buscar lugar para acampar. Encontramos un buen lugar junto al río, en un sector en el que no está alambrado. Mientas escribo este texto, después de un té cena de mate, avena con frutas y facturas, sale el sol, empieza a lloviznar, soplan unas rachas muy intensas de viento, refresca y llueve otra vez. Así que eso de las cuatro estaciones un día quizás valgan para un texto también.

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