Rigoberto, los milicos y la tristeza

Nos encontramos a Rigoberto explorando las callecitas de un caserío de pescadores, el algún punto de una ruta de ripio que se dirige a la ciudad de Hornopirén, en el sur de Chile. Rigoberto es un hombre grande, de cuerpo y de edad, que está sentado a la sombra de unos arbustos trabajando con unos retazos de redes y unas piedras redondeadas. Lo saludamos y nos acercamos. Su saludo es amable, los ojos limpios y, tras sus bigotes de morsa aparece una sonrisa. Le contamos que la ruta se nos hizo difícil hoy y que estamos buscando un lugar para tirar la carpa y pasar la noche. Mira el campito en el que está trabajando y nos dice que eso no es suyo, que es de unos de la ciudad que ahora andan por Estados Unidos. Pero que si vamos a pasar la noche que nos invita, que estemos tranquilos que aquí es seguro. Agradecemos y aceptamos enseguida, Rigoberto es de buena madera, se intuye. Sin bajarnos de las bicicletas empezamos a conversar. Nos cuenta que él anduvo por Argentina trabajando hace unos años, por la zona del Bolsón. Que en esa época, por el año 72 o 73, se ganaba bien por allá, cada jornal equivalía a un quintal de harina o más. Que anduvo en la cosecha de la cereza y en aserradero y en una compañía forestal. Cuenta que los milicos en Chile lo habían matado a Allende y que no se podía estar. Ni conversar así como ahora estamos conversando, tres personas en la calle, que venían y te llevaban sin preguntar quién era uno ni qué estaba haciendo. Así que agarró una mochila y se fueron con unos compañeros caminando para Argentina por un paso cercano. Cuenta que llegaron cansados al retén de frontera y que los argentinos los trataron bien, pero les dijeron que no podían seguir de noche, por si los atacaba un jabalí. Les dieron entrada como “para visitar unos parientes” pero que cuando consiguieran un conchabo fueran con el patrón a la guarnición así le ordenaban los papeles. Eso les dijeron y los trataron bien. Al día siguiente retomaron la marcha y llegaron a El Bolsón y consiguieron trabajo y se quedaron unos años hasta que los milicos la sacaron a Isabelita. Ahí cruzaron la cordillera otra vez.

Cuenta que acá tiene su casa y sus hijos cerca y sus animales. Que quisieron venir a comprarle la tierra y le ofrecieron una pila de plata, como 70 millones de pesos chilenos, pero que qué hace él sin tierra y sin animales y sin su familia por más plata que tuviera. Que su hija pequeña ya está en la secundaria que le enseñan cosas difíciles, con la computadora y el celular y que él no entiende esas palabras porque hizo dos años de escuela nomás pero que así está bien, se lleva la vida igual y uno se arregla.

Todo eso nos cuenta Rigoberto mientras se toma una pausa en su trabajo: arma con piedras y redes unas bolas que luego se fondean en la caleta, con una gran boya, y en la que se criarán los choros. Rigoberto dice shoros. Los shoros o choros son mejillones oscuros que se dan por estos lados y son un recurso para la gente la costa. Cuenta que acá se crían pequeños y después se los llevan al sur donde se terminan de desarrollar y ya salen a la venta. Dice que antes se pescaban salmones por aquí, que se escapaban de las salmoneras cuando los lobos rompían las redes. Pero que como toda empresa, dice, se van avivando y van haciendo las cosas más calculadas para no perder plata y que ahora usan unas redes que los lobos no logran romper y que, entonces, ya no hay más salmones para los de la costa. Hablamos de peces, nos cuenta qué se pesca por esta zona y nos pregunta qué peces tenemos por la nuestra. Coincidimos en el pejerrey y la lisa, que entran en el río de la plata en invierno. En los otros peces no coincidimos. Le llamo mucho la atención que el agua de nuestros ríos sea cálida y nos pregunta si tendrá algo que ver con los volcanes.

Mientras cae la tarde seguimos la conversa un rato más, como quien dice palabras para tender puentes. Cuando nos disponemos a descargar las bicicletas para armar el campamento, cierra con una especie de nostalgia qué tristeza por acá cuando lo mataron a Allende si vieran, qué tristeza.

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