Jueves 26 de enero de 2024, Río Cisnes
Hoy fue un buen día, pasaron varias cosas
interesantes. La última fue que rompimos un límite mental, cuando la cabeza
dice “no puedo más, no puedo seguir”. Habíamos parado a comer y después hicimos
unos pocos kilómetros y vimos unas lanchas chilotas en construcción bajo un
cobertizo y un cartel que invitaba: Museo de la lancha chilota. Ahí lo
conocimos a Guillermo Gallardo, carpintero de ribera, manteniendo vivo el
fueguito de esas hermosas embarcaciones, de cuando estas aguas se navegaban a
vela y a remo. Después de unos pocos kilómetros más, paramos en un pueblo
grande para aprovisionarnos de alimentos y agua para el camino. Y así las cosas
retomamos la ruta medio tarde y con el cuerpo ya frío. Se sabe que retomar la
ruta con el cuerpo frío, después una parada de varias horas o de haber comido
bien, es la parte más difícil de la jornada del cicloviajero. Mucho más difícil
que arrancar a la mañana, cuando el cuerpo está dispuesto y el corazón
expectante. Acá el cuerpo ya está cansado y la mente parece querer guardar
energías de reserva. Algo nos dice en la cabeza que esta vez no vamos a poder,
que hasta acá llegamos. La cosa es que retomamos el camino con un asfalto
nuevito, prometedor. Ya no era el ripio áspero que habíamos sufrido toda la
mañana, con subidas y bajadas inverosímiles. Esto era asfalto, en una ruta
nueva, no muy transitada, con banquinas y mayormente plana. Con ese espíritu
arrancamos a hacer los 20 kilómetros que nos faltaban hasta un río que corta la
ruta y que parecía prometedor. Ese espíritu se nos vino al piso cuando no
habíamos hecho ni tres kilómetros. La ruta sube con desniveles inverosímiles y
volvemos a la vieja práctica de empujar las bicicletas cuesta arriba. Las
subidas parecen no tener fin, el sol nos cocina, el viento sur, el siempre
viento sur de las tardes, está de frente. Empezamos a hablarnos con tonos
ásperos, consideramos la posibilidad de dormir por ahí, hablamos sobre lo
difícil que es cruzar el umbral para “calentar” el cuerpo después de una parada
larga con el cuerpo ya cansado y seguimos tirando para adelante. De pronto las
cuestas arriba aflojan un poco, podemos pedalear en llanos y hasta bajamos
alguna cuesta. Así hasta que vamos entrando en calor, la cabeza se nos va
liberando del ofuscamiento y empezamos a disfrutar el bosque, que parece muy
nativo, muy autóctono de a ratos. Vamos atravesando unos montes, se siente
alto, y cruzan arroyitos de montaña. Vamos pispeando lugares para acampar pero
no parece haber todavía y, no lo admitimos, pero ya le estamos tomando el gusto
al pedaleo otra vez. En algunos momentos, las montes al oeste ceden y nos dejan
ver el horizonte: el mar está allá abajo, como a trescientos metros, a lo
lejos, entre la bruma se ven unas islas, calculamos que Chiloé. También parece
verse Puerto Montt y parte del Océano Pacífico abierto. Una bruma baja cubre
parte de las costas de las islas y algunas montañas están coronadas con nieve y
otras con nubecitas de algodón. El escenario es sobrecogedor. La ruta ahora
baja con ganas, vamos tomando velocidad, dejamos las bicicletas ir cuesta
abajo, a veces a cincuenta kilómetros por hora y en algunos momentos más. El
camino se vuelve amable y devoramos kilómetros mientras bebemos al paisaje.
Hasta que inesperadamente llegamos a un puente sobre un arroyo, un cartel reza
Arroyo Cisne. No sabemos si es el que buscamos, aunque tampoco sabemos bien qué
buscamos más que un lugar tranquilo, con agua, para comer y dormir. Una familia
que sale de un camino lateral en su auto, nos invita a bajar “que hay pozones
de agua linda y se puede acampar y es gratis” con ese cantito chileno tan
amigable. Así que bajamos y nos encontramos con un río turquesa con una playa
de piedras y arena negra y una comunidad cortando el pasto y poniendo lindo el
lugar para la celebración de las “fiestas costumbristas” que van a suceder aquí
en un par de días. Nos invitan a pasar, a usar el lugar. En unos minutos
estamos sumergidos en el río y con un fuego prendido en el que se cocina una
olla con carne, papas, habas, ajo y cebolla, bien condimentado con comino y
locoto. Al costado está la pava con el agua para el café. Escribo esto con la
última luz dentro de la carpa con el cuerpo cansado y el corazón contento.
Esaaaa el Conti chileno,siga,siga Lamolina
ResponderBorrar