26 de enero de 2024

Hoy fue un día particular. En este momento escribo sentado en una mesa, lo cual es toda una novedad. No estoy sentado en el suelo, en una roca o dentro de la carpa. Estoy en quincho de madera, son casi las diez de la noche, llueve sobre un bosque tupido, típico de la selva valdiviana, sobre la carretera austral, a unos treinta y pico de kilómetros al norte de la ciudad de Chaitén. Es un buen lugar éste, acabamos de cenar una sopa de arroz con pan de masa madre y café de algarroba con alfajorcitos de maicena y almendras con chocolate de postre. Hay momentos en que uno está empujando la bicicleta en un camino de ripio cuesta arriba, en el que el cuerpo no da más y la cabeza se pregunta si se llegará a algún lugar en el que acampar y comer. Hay momentos en que se pierde toda confianza y uno sigue tirando por una especie de automatismo. O quizás es una inteligencia del cuerpo, que usualmente sabe más que la cabeza, vaya uno a saber.

Hoy arrancamos el día en un lugar hermoso, una playita junto a un río de montaña. Nos habíamos propuesto llegar a Hornopirén más o menos temprano, porque queríamos hacer un par de cositas antes de tomarnos el ferry. La carretera austral, que es el nombre de la ruta que conecta el sur de Chile con la ciudad de Puerto Montt, en partes se interrumpe y hay que cruzar tramos del mar en ferris. Pedaleamos los 28 kilómetros que nos quedaban hasta Hornopirén rápido y disfrutando el camino. Unas vistas increíbles de los fiordos y los picos nevados y bosques y caletas con pueblitos allá abajo. La ruta nos condujo casi sin quererlo hasta la oficina del ferry. Entramos a preguntar horarios y resultó que habíamos llegado unos minutos antes de que saliera. Sacamos pasaje, dejamos los otros asuntos que queríamos resolver para otra ciudad más adelante y compramos alguito de comida. Nos dijeron que teníamos cuatro o cinco hora de navegación, diez kilómetros de ruta que teníamos que cubrir sí o sí en veinticinco minutos y otra navegación, en otro ferri, de una media hora. Nos hizo mucho ruido lo de los diez kilómetros en veinticinco minutos pero la respuesta de la oficinista fue que “hasta los viejitos lo hacen”. Nos reímos un poco y dejamos la preocupación para otro momento.

En el barco conocimos a otras personas viajando de bicicleta, de distintas partes del mundo. También nos encontramos con unos tíos segundos, o algún parentesco así, de Car. Tuvimos un almuerzo juntos y conversaciones interesantes, nos cargaron los mil bártulos que llevamos en las bicis para que pudiéramos hacer los famosos diez kilómetros en los veinticinco minutos reglamentarios y nos proveyeron de las cositas dulces que nos acabamos de comer después de la sopa. Bajar del primer ferri fue como una largada del tour de France: salimos como quince bicicletas disparadas, peleando una cuesta arriba que oscilaba entre la categoría de asfalto en mal estado o ripio en buenas condiciones. A nosotros enseguida se nos fue el entusiasmo por la carrera y seguimos pedaleando apurados, como cuando uno está llegando tarde al trabajo. Con la misma premura y la misma disposición emocional. Lo nuestro no es correr, es ir con el ritmo que el camino tenga en ese momento. Llegamos al segundo barco, creo que unos minutos tarde, navegamos el otro trayecto, desembarcamos, cargamos los bártulos en las bicis, nos extrañamos del peso de nuestros cuerpos-bicis, nos despedimos, cargamos agua y empezamos a pechar un ripio en muy mal estado que subía y subía y cuando bajaba lo hacía de un modo tan abrupto que nos obligaba a ir frenando  todo el tiempo. Al rato el camino y nosotros nos fuimos entendiendo, pedaleando cuando se podía pedalear y caminando de a tramos. El ripio nos iba demorando, la tarde iba cayendo y empezaba a llover de a poco. Ahí fue que comenzamos a preguntarnos si iríamos a llegar a algún lugar bueno. Escribo esto cuando la lluvia se afianza y todo llama a meterse en la carpa y dejar el día ir.

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