19 de enero de 2024

Escribo sentado en un suelo pedregoso, como respaldo tengo una piedra redondeada. Son las ocho y media de la tarde y el sol se empieza a ocultar tras unos árboles. Las cenizas de lo que fue el fuego en el que calentamos agua para unos mates y cocinamos unos pancitos aún humea. Se escucha el murmullo constante de un río de montaña. Estamos en una pampita que balconea al río, a unos 50 metros de un puente por el que cruza la ruta. Escribo este panorama idílico mientras escucho un auto que se acerca. Levanto la vista y veo una cara conocida: es Guille, un amigo, compañero de varias andanzas en el río. ¿Cuántas posiblidades hay de encontrarnos en un paraje remoto cercanos a la frontera de Chile? ¿Es una casualidad? ¿intervienen otras fuerzas? Quizás llamar casualidad o causalidad a las cosas, al entramado de fuerzas y sucesos que componen lo que pasa, sea un simplismo, otro código binario. Sorpresa, abrazos y charla. Estábamos un poco suspicaces con pasar la noche aquí, nos gusta el lugar pero lo sentíamos un poco expuesto a la gente que pasara por la ruta. Lo conversamos y nos damos cuenta que tiene que ver con inaugurar otro país. Entramos con las manos en alto, pidiendo permiso, venimos desarmados, somos transehúntes, transhumantes. Ka: nuestras banderas lo proclaman.

 

Iba a escribir un poco más, pero mejor me uno al fogón y a la comida compartida y a las anécdotas y a la alegría del encuentro. Iba a escribir este día, pero ya es agua que se escurre entre las piedras. ¿Si no escribo para asir las cosas, para qué escribo? ¿Será para estar más disponible al día, a lo que sucede? Que escribir sea un puente que me lleva al más acá.

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